sábado, 8 de diciembre de 2012

Como un idiota

Desde comienzos de nuestra relación, le había pedido a Adeline que se trasladara a estudiar a Río Piedras.  Esta petición la hice por el entusiasmo que sentía con ésta nueva relación.  Quería estar cerca de ella más tiempo y me había ofrecido a ayudarla en todo.  Pero ella siempre se negó por la única razón de que su madre no se lo permitiría.  Comprendiendo que los motivos que se lo impedían eran reales, no insistí.  Pero un día repentinamente cambió de opinión y reaccioné como cabrón confundido. 

Otro día de alegría porque nuevamente compartiría con mi novia, la llamé por teléfono para notificarle que ya me encontraba en Ponce.  En esa ocasión la encontré en un estado de agitación y estimulación que se reflejaba en su tono de voz.  Obviando el saludo me manifiesta que fuera temprano a visitarla porque tenía algo muy importante que decirme.  Curioso y preocupado llegué temprano al callejón California.  Ya en su hogar salió al balcón con una expresión en su rostro de mucha seriedad y molestia (expresiones faciales de manipulación inherentes a su personalidad).  Nos sentamos en los sillones del balcón y comienza a contarme una historia dramatizándola como víctima y tratando de crear suspenso, con un final felíz que me haría saltar de la alegría. 

Tuvimos una larga conversación de la que sólo recuerdo los puntos sobresalientes; por eso la simplificaré.  Comienza recordándome que ella me había dicho que tenía pendiente de finalizar una conversación con su anterior novio Alberto.  Me dice que su madre nunca le aceptó ese noviazgo y ningún tipo de relación con ese individuo.  En una ocasión él la visitó en su hogar y mientras conversaban sentados en el balcón, Doña Elena salió y lo sacó de la casa con violencia verbal y prohibiéndole a ella cualquier relación con ese reconocido narcotraficante.  Por la dificultad que tenían de mantener su noviazgo, al menos públicamente, terminaron la relación pero dejando pendiente un tema de conversación.  Ese día, antes de yo llegar a Ponce, su ex novio la llamó por teléfono y conversaron largamente el maldito tema que tenían pendiente y que nunca supe cual era.  La conversación fué suficientemente extensa como para que su  madre se percatara con quien era que su hija conversaba y con mucha molestia, Doña Elena interrumpe la conversación telefónica y armándole un escándalo la obliga a colgar el teléfono recordándole que le había prohibido cualquier contacto con ese mafioso.  La reacción de mi novia fué de coraje, provocándole sentimientos de hastío hacia su madre. 

Mientras mi novia Adeline me contaba esta situación, resaltándose como víctima inocente de una mala e incomprensiva madre, por mi mente pasaban muchos pensamientos que me confundían.  Pero fué la decisión que ella tomó la que me hizo sentir como si me lanzaran contra el suelo. 

Dramatizando con pausas y suspenso todo lo que me decía, sólo faltaba el repique de tambores cuando me dijo al final que, cansada de su madre, había tomado la decisión de {tambores y trompetas: ♪♫ tán tán tán tán tán tán ♪♫} irse a estudiar a Río Piedras.  Completamente idiotizado con lo que estaba escuchando, quedé mudo mirándola fijamente a los ojos mientras ella esperaba alguna reacción de alegría de mi parte.  Mi cuerpo quedó inmóvil tratando de asimilar toda la situación.  Mis palabras de reacción no las recuerdo pero no fueron contradictorias a ella.  Sin mostrar emociones, acepté su decisión y le dije que la ayudaría.  El impacto que me causó escuchar esa historia y desenlace fué opacado por una revuelta de pensamientos negativos que invadieron mi siquis.  No supe que decir, no supe que hacer, sólo fingí que aceptaba su decisión.  Pero poco a poco se hizo evidente mi inconformidad y varios días después, en el proceso, me informó que desistía del traslado por varias razones, entre ellas porque según sus propias palabras, - ... no te emocionastes cuando te lo dije -.

¿QUE CARAJO? ¿Esperaba ella que yo saltara y bailara de felicidad porque había decidido estar más cerca de mí debido a que su madre no le permitía estar más cerca de su ex?  ¿Me vió la cara de idiota? ¿De imbécil?  Pues sí lo fuí, porque nunca le confronté esa decisión con la realidad.  Pero ese momento mi hizo abrir los ojos por primera vez y comencé a pensar en ella de otra manera, a mirarla con otros ojos.  Me había equivocado y temía reconocerlo.  Dichoso el que nunca espera nada, pués jamás será decepcionado. 

Esa diosa de belleza hechizera se convirtió en la única mujer en mi vida fuera de mi familia.  Yo no tenía amigas, ni siquiera en la universidad; como guardia penal trabajaba sólo entre hombres; mis amistades de la bolera eran todos varones; mis amistades del barrio eran todos conocidos por ella, pués Madeline la mantenía informada.  Mi tiempo se consumía entre mis estudios, mi trabajo y mi novia. 

A pesar de la desilución que sentí en nuestro primer beso, el tiempo hizo que me acostumbrara a su veneno y hasta le tomé cariño a mis propios demonios: me gustaba presumir de ella entre mi familia y amistades; me gustaba cuando salíamos a compartir en actividades elegantes porque físicamente armonizábamos como pareja y nos gustaba que así lo reconocieran los observadores; el encanto que reflejábamos contagiaba el ambiente.  Yo le cubría perfectamente las apariencias que ella necesitaba cubrir.  Algunos estudios han demostrado que las mujeres parecen descifrar si un hombre es un buen complemento genético pensando que en el futuro eso sería bueno para sus hijos(as).  Pienso entonces que es posible que, conciente o inconcientemente, ésta haya sido una de las razones complementarias por la que aceptó ser mi novia.  Por mi apariencia personal, por mi ambición de estudios y mi arriesgado empleo en una agencia de seguridad del gobierno, yo resaltaba su imagen en un barrio donde todos la miraban con ojos diferentes, miradas de desprecio y chismorreo callejero que yo no comprendía.  Pueblo pequeño, campana grande (en los barrios todo se sabe). 

Pero como leona territorial, ella siempre imponía sus gustos y estilos, aniquilaba los míos y controlaba mis emociones.  De esa misma forma imponía sus amistades y limitaba las mías. 

Mi familia siempre socializaba en actividades dentro y fuera del hogar con vecinos, amigos y familiares.  Esto fué para mí y mis hermanos una conducta aprendida.  Visitar destintas playas o balnearios era una de las actividades familiares que realizábamos con relativa frecuencia.  Esto se convirtió en un gusto personal que luego disfruté con mis amistades y más tarde en mi vida traté de disfrutar también con mi novia.  Pero Adeline era distinta, diferente, opuesta, antípoda de mi naturaleza social.  Ella nunca había visitado una playa (la Ciudad de Ponce no poseía playas recreativas) o balneario, de la misma forma que nunca aprendió a correr bicicleta o patines, nunca asistió a sus graduaciones escolares, nunca había visitado un cine, la bolera, el río, el campo, etc.  Aprovechando esta situación y la oportunidad de que su madre en ocasiones le concedía permiso para que saliéramos juntos, comenzamos a compartir en grupo algunas de mis actividades favoritas.  Mientras para ella estas eran nuevas actividades que disfrutaba, para mí el disfrute estaba directamente relacionadoal de ella.  En la medida que Adeline tuviera mayor o menor control de cada situación, así también de mayor o menor era la forma en que ella disfrutaba las actividades y por defecto, el mío propio.  Con manipulación mediática a través de actitudes negativas, lograba que yo cediera a sus gustos y deseos para evitar así discusiones que afectaban el buen compartir.  Nuestra primera salida a la playa fué el más evidente ejemplo de estas acciones. 

Habíamos acordado ir a la playa y organizamos un pequeño grupo para compartir en Playa Santa, Guánica.  El grupo incluía a su hermana y su mejor amiga Madeline.  Mientras nos organizábamos, ella decidió llevar un radio portátil para escuchar música en la actividad.  Sin embargo se percató de que el mismo no tenía instaladas las debidas baterías para su funcionamiento y tampoco las tenía disponibles.  Ante esta situación le pedí que llevara el radio y en el transcurso del camino me detendría a comprar las mismas.  Así lo hicimos; mientras nos dirigíamos hacia la playa, nos detuvimos y comprámos (compré) refrigerios, cervezas, bocados y las correspondientes baterías para el radio musical.  Al continuar nuestra ruta, ella instala las baterías, enciende el radio y comienza a sintonizar las distintas emisoras radiales musicales que nos entretendrían mientras conversábamos y continuábamos nuestra ruta ya que mi auto no poseía radio instalado.  Al verificar las estaciones musicales comenzamos todos a opinar cual era la mejor para escuchar.  Opinando sobre la variedad le sugerí que sintonizara una estación específica que yo consideraba que era la mejor opción.  Argumentando entre todos las distintas opciones disponibles, el intercambio de opiniones se tornó un poco acalorado cuando ella se sintió en minoria de opinión.  Esto me provocó ser más insistente y tomando el radio me dispuse a localizar una estación cuando repentinamente Adeline me lo arrebata bruscamente mientras con actitud olimpica grita, - El RADIO ES MIO -.  De repente, dentro del auto hubo un silencio sepulcral que duró sólo algunos segundos pero suficiente para  que se escucharan los gritos del infierno.  No hubo más discusión, no más argumentos, no más opiniones.  Todos escuchamos la música que ella decidió, en la emisora que ella decidió, conversamos otros temas y no se habló más de ese asunto.  Muchos pensamientos cruzaron por mi mente tan rápido que no pude procesar ninguno para articularlo y expresarlo claramente sin ofenderla.  Se hizo evidente su carácter y personalidad controladora, impositiva, posesiva.  "El radio es mío" fueron palabras que nunca pude borrar de mi memoria porque ésta actitud se repitió cientos de veces a través de los años, haciendo que muchas memorias se fueran acumulando en mi ser.  "El radio es mío" fueron palabras cargadas de egoísmo, arrogancia, control, posesión, individualismo, fueron palabras que donotaban poder olímpico, poder supremo, poder de los dioses, poder judicial, poder arbitrario.  Estos espejismos de poder le impidieron ver lo que todos los demás pudimos observar en ese momento. 

El que hecha el vellón, escoge la música.  Uno de los pensamientos que llegó a mi mente fué arrastrame al mismo bajo nivel de ignorancia en el que ella se encontraba y con su misma actitud individualista responder: El radió es tuyo, pero las baterías son mías.  También pensé arrastrame con ella al más bajo nivel de soberbia y con la misma actitud olímpica responder: El auto es mío, y aquí se hace lo que yo diga o te bajas y caminas.  Otros pensamientos peyorativos taladraron mi mente, pero no afloró ninguno en mi boca; no pude bajar a su nivel de ignorancia y egoísmo infantil. 

Su única aportación a la actividad fué un radio sin baterías y una actitud egocéntrica.  Así también transcurrió su vida en nuestra relación de más de veinte años; dando poco,  ó nada, ó sobras, pero exigiendo pleitesía. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Muchas metas, un obstáculo

En enero de 1982 yo comenzaba mi cuarto semestre en el Puerto Rico Junior College y continuaba siendo un estudiante sobresaliente con excelentes notas y promedio académico.  También continuaba con la idea de ir a estudiar a alguna universidad de los Estados Unidos y comenzando ese año comencé también las acciones afirmativas para lograr ese objetivo.  Luego de orientarme, seleccioné a la Universidad de la Florida en Coral Gables como mi próximo centro de estudios.  Comencé a gestionar todo lo necesario para una transferencia universitaria: formularios de admisión, becas, hospedaje, costos, matrícula, etc.  Envié el pago correspondiente y toda la documentación necesaria en el tiempo indicado y sólo faltaba esperar la respuesta.  Mientras esperaba, continuaba disfrutando mis logros incluyendo a mi nueva novia quien tenía conocimiento de mi interés en estudiar en los Estados Unidos.  Transcurrieron varias semanas (6,8,10) antes de recibir alguna respuesta de la Universidad de la Florida.  En ese tiempo de espera me acostumbré a compartir con mi novia los momentos disponibles y no deseaba alejarme de ella. 

La Universidad de la Florida me notificó que recibieron toda la documentación que yo les había enviado pero que no recibieron la transcripción de créditos original, sellada y certificada del Puerto Rico Junior College.  Esto a pesar de que yo la había gestionado.  La misma era un requisito sine qua non para la admisión como estudiante.  Mi entusiasmo de estudiar en esa universidad había disminuido por motivo del nuevo entusiasmo  con mi novia.  Por esa razón no hice nada para que el PRJC enviara nuevamente la transcripción oficial y abandoné uno de mis sueños.  El amor comenzó a ser un obstáculo en mi vida. 

Por yo ser un "buen muchacho", Doña Elena comenzó a permitir que su hija y yo saliéramos juntos como novios.  En un principio su hermana Maritza nos acompañaba, también nuestra amiga Madeline.  Nuestras primeras salidas fueron para la Bolera Santa María.  A pesar de que esta bolera era muy conocida en toda la ciudad, increíblemente ella nunca la había visitado.  Allí tuvo la oportunidad de conocer a mis amigos y compartimos con ellos en algunas ocasiones.  Pero ella poco a poco establecía las reglas de nuestro noviazgo y nunca aceptó a mis amigos como sus propios.  Tampoco aceptó a mis amigos como mis amigos.    La maldita ceguera que esa concubina del demonio me había causado me impidió entender que ella estableció un lento proceso de separación de mi círculo de amistades. 

Al comenzar a estudiar en Río Piedras, automáticamente hubo una separación física con mi grupo de amigos pero no así emocional.  El poco tiempo que tenía disponible lo compartía con ellos socialmente.  Este tiempo se redujo más aún luego de comenzar mi noviazgo.  Pero los constantes comentarios negativos que mi novia hacía en relación a mis amigos y sus actitudes negativas cada vez que yo compartía con el grupo, motivó que yo comenzara a socializar con mis amigos a espaldas de ella; empecé a mentir en mi vida.  Este compartir se fué reduciendo cada vez más hasta afectar el compromiso emocional que tenía con ellos.  Adicionalmente, (entiendo que esto es un proceso social natural), cada miembro del círculo comenzó a tomar decisiones personales que fragmentaban la unión.  Entre estas decisiones hubo dos que permitieron que el vínculo emocional de la amistad se trasladara más allá de Ponce.  Los que consideré mis dos mejores amigos, Bengie y Rodolfo, también trasladaron sus estudios a Río Piedras. 

El padre de Bengie, el Reverendo Alfredo Santiago, fué transferido para dirigir la Iglesia Evangélica Unida de Río Piedras provocando la mudanza de toda la familia y la decisión de Bengie de ingresar a estudiar en la Universidad InterAmericana, Recinto de Río Piedras.  Mientras tanto, Rodolfo estudiaba en la misma universidad pero en el recinto de Ponce y como requisito de graduación tenía que transferirse a otro recinto teniendo que escoger entre el de San Germán o el de Río Piedras, decidiéndose por éste último.  Sin embargo este re-encuentro amistoso no tuvo una larga duración.  Bengie se entregó por completo a sus estudios y se involucró mucho en las actividades de la iglesia que su padre dirigía; adicional a que también encontró a su princesa rosada.  Mientras, Rodolfo también encontró en Río Piedras a la persona ideal para compartir una bonita relación. 

Gisela y Rodolfo comenzaron un noviazgo diferente al mío porque ella sí aceptó su grupo de amigos y compartió con nosotros en muchas ocasiones.  Su personalidad era compatible con el grupo y al igual que nosotros, ella estudiaba en Río Piedras pero vivía en Ponce.  Pero ella también fué percibida por mi novia como una persona no agradable ante sus ojos.  Lejos estaba yo de imaginar que ellos dos serían los últimos amigos que yo tuviera en mi vida, pués la que yo creía que era mi Cenicienta se convirtió en una bruja hechizera que no permitió que yo  nunca más tuviera amigos(as). 

Desde muy temprano de nuestra relación, Adeline demostró  desconfianza en todo lo que para ella era nuevo o diferente.  No aceptaba que yo tuviera amigos de la misma manera que ella casi no tenía amigas.  Cuando compartíamos con nuestra familia  yo podía observar la falsedad de sus acciones y de sus palabras hacia ellos, actitud que mantenía también con su propia familia.  Mientras la mía era una familia extensa, unida y bulliciosa, la de ella era pequeña, sólo del lado de su madre y fragmentada.  No tenía lazos emocionales con su familia extendida.  La delicadeza femenina que ella muy bien sabía mantener en presencia de otras personas se desvanecía cuando teníamos diferencias de opinión o cuando no le gustaba alguna acción de mi parte, como lo era el compartir con mis amigos, mencionar el nombre de alguna amiga, jugar billar, beber cerveza, etc.  Con frecuencia cambiaba su estado de ánimo y con éste su vocabulario.  Mi mundo comenzó a hacerse más pequeño y mi vida comenzó a girar casi exclusivamente alrededor de ella, atraído más por su belleza que por su personalidad. 

Su forma de ejercer control en nuestra relación era más a través de sus actitudes que de sus palabras.  Sus manifiestos comportamientos repetitivos de rechazo hacia lo que no le gustaba me obligaba a negar mis propias realidades (ej., gustos, ideas, estilos de vida) o negar mis acciones presentes (compartir con amigos) o acciones pasadas (novias anteriores).  Pensando que pasábamos por un proceso de adaptación, yo no tenía inconvenientes en continuar adelante con nuestra relación.  Pero no me estaba percatando que ese proceso de adaptación era solamente mío.  Mientra yo tenía que creer todo lo que ella me decía o descubrir poco a poco cualquier incongruencia, ella conocía todo sobre mí através de su amiga Madeline. 

Como era costumbre, un día llegué de Río  Piedras contento porque esa noche compartiría con mi bonita novia.  En esa ocasión me dirigí directo a mi hogar de donde volví a salir debidamente acicalado, perfumado y alegre rumbo al arrabal.  Al llegar a su casa la encontré sumamente molesta y con sus acostumbradas actitudes negativas de manipulación.  Contrario a otras ocasiones en las que se hacía de rogar antes de conversar, esta vez fué ella la que comenzó a hablar y a acusarme de mentirle.  Después de escucharla y de organizar mis pensamientos, logré que hablemos de lo que ella quería, aunque su actitud negativa le duró toda la noche y esto me dió la oportunidad de observar que en su personalidad pululaban síntomas de negación.  Con evidente molestia en su rostro, me dijo que alguien le había dicho a ella que yo mantenía una relación amorosa con una mujer casada de nombre Mery, que se encontraba embarazada y que en Las Delicias algunos vecinos comentaban sobre mi responsabilidad en relación a eso.  En una larga conversación no le negué mi amistad con Mery pero sí la relación amorosa y cualquier relación con su embarazo.  La extensa conversación no la hizo cambiar su forma de pensar y pude observar que ella prefirió terminar repentinamente con la conversación y nunca más mencionó ese tema, entrando en un absoluto y permanente estado de negación en relación al mismo (síndrome del avestruz).  ¿Temía ella que fueran ciertos los rumores que le habían llevado?  ¿Temía correr la misma suerte que tuvo con su primer novio Papo, al quedar abandonada, sóla y triste?  ¿Tuvo miedo de perder otra oportunidad de lograr que alguien la saque del arrabal? 

Pero Mery no sólo era mi amiga, también era amiga de toda mi familia y por ese motivo en ocasiones su nombre  era mencionado en reuniones familiares en las que mi novia se encontraba presente y cuando esto ocurría ella evidenciaba su molestia y enojo.  Pero mientras ella no soportaba escuchar el nombre de MRS, con frecuencia mencionaba los nombres de Papo y Alberto como si quisiera enviarme mensajes ocultos que yo tenía que descifrar.  En una ocasión me dijo que cuando terminó su noviazgo con Alberto ambos acordaron que quedaba pendiente entre ellos una conversación que nunca terminaron y que ellos dos tenían la necesidad de terminar algún día.  Increíblemente, nunca le pregunté el tema de esa conversación  y tampoco le puse impedimentos.  Estaba obligado a confiar en ella porque yo sólo la podía ver dos días a la semana y desconocía lo que hacía el resto de la semana cuando salía de su hogar para la universidad.  Ese día llegó y terminaron la conversación que tenían pendiente.  Aunque nunca me enteré cual era el importante tema, el día que lo hicieron me dió la oportunidad de reconocer por primera vez que yo me había equivocado.  Mi princesa rosada era una ladrona de sueños.  Me escondí de la mosca y me comió la araña. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

sábado, 13 de octubre de 2012

sábado, 6 de octubre de 2012

Síndrome del salvavidas

                                                                                       AV Oficial de Custodia (Guardia Penal) 1982 






 

jueves, 20 de septiembre de 2012

Biografía de una mentira convertida en mujer

Por ser limitada mi presencia en Ponce, también fueron limitadas nuestras primeras conversaciones.  Como parte del proceso de conocernos, estas primeras giraban en torno a ella, su familia, yo y mi familia.  También sobre mi trabajo y los estudios universitaios de ambos.  Pero después de más de veinte años conversando con ella, aprendí a separar la verdad de la mentira.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Primera mentira

El amor me entró por los ojos.  Me enamoré.  Me enamoré de su físico, de su mirada, de su sonrisa, de su piel, de su cuerpo, de todo lo que yo podía ver.  Pero no sé si alguna vez me enamoré de la persona o si todo era parte de la ilusión.

En nuestro casual primer encuentro, ella no demostró interés en conocerme, pero después de ese momento comenzó a visitar a su amiga Madeline, quien vivía en Las Delicias frente a mi hogar puerta con puerta.  La frecuencia de mis viajes de regreso a Ponce no ocurrian en días ni horas fijos y casi nunca tenían más de dos días consecutivos de duración, pero siempre trataba de incluir días de fines de semana para compartir también con mis amigos.  Un día nuestra amiga en común nos presentó y me dijo que su nombre era Adeline (con fonética ádelin) de tan sólo diesinueve (19) años recién cumplidos.  En ese momento me convencí de que había encontrado a mi Cenicienta, de que había llegado la Princesa Rosada con la que yo había soñado de la misma forma en que ellas sueñan con su Príncipe Azul (¿O acaso ese es un sueño exclusivo para las mujeres?).  Contrario a la primera vez que nos vimos, después que nos conocimos era evidente la atención que ella me prestaba y esto facilitó el camino de nuestra amistad.  Casi siempre que visitaba a su amiga en Las Delicias lo hacía acompañada de su única hermana Maritza, quien era un año menor que ella.  Un día Adeline solicitó autorización a sus padres para visitar a Madeline y pernoctar en su hogar esa noche (el viejo truco de "Me voy a quedar en casa de una amiga" que se utiliza para experimentar nuevas emociones), pero en esa ocasión no estuvo presente su hermana.  Esa noche tuvimos la oportunidad de conversar y conocernos y supe entonces que no se llamaba Adeline.  Su verdadero nombre era Ana Adelaida Rodríguez Pérez.  Me enteré que desde muy pequeña su madre la llamaba ádelin mientras ella lo escribía Adeline porque no le gustaba el nombre Adelaida con el que su padre la había inscrito al nacer en honor a la enfermera que atendió el parto. 

Esa noche le pedí que me permitiera llevarla hasta su hogar al momento que decida regresar el día siguiente.  Ella se negó alegando que su madre no lo aceptaría de la misma forma que no aceptaba que ella tenga novio o amigos.  Fué para mí una situación novedosa conocer a una chica que no le aceptaban algún amigo en su hogar, más aún cuando esa chica ya era legalmente mayor de edad.  Pero esto lo tomé como evidencia de la virginal y obediente vida de una joven mujer.  Insistí en mi deseo y finalmente aceptó.  Al día siguiente en horas de la mañana me dispuse a llevarla en mi auto hasta su hogar el cual ella me había dicho que ubicaba en la Calle California y mientras me acercaba al área transitando por la Calle Villa me pidió que la dejara allí (en la Villa) y que ella llegaría hasta su residencia caminando.  Aunque originalmente me negué, acepté porque me dijo que quería evitar problemas con su madre y le diría a ella que para llegar había tomado el autobús.  Nuevamente lo tomé como evidencia de una virginal y obediente vida.  Luego de bajarse del auto continué mi marcha y decidí dar la vuelta para pasar cerca de su residencia y saber donde exactamente ubicaba la misma porque tenía intensiones de visitarla en el futuro.  Pero sorpresa,  el lugar ya lo había visitado antes.  Su casa estaba en la Calle California esquina con la Calle Reina a sólo pasos del negocio conocido como La Casa de Liche y que ya describí en la primera parte de ésta autobiografía como un arrabal en el que abundaba la droga, la prostitución y una alta incidencia criminal en todas sus manifestaciones.  Residía en el deprimente sector del Barrio Segundo que por muchos años el gobierno municipal estaba tratando de eliminar de la misma manera que Dios quiso eliminar Sodoma y Gomorra.  Allí nació, allí se crió, allí estudió y era lo único que ella conocía.  Nunca había visitado una playa o la Bolera Santa María, nunca corrió bicicleta o patines.  Allí vivió hasta que yo la saqué del arrabal sin darme cuenta que me estaba llevando un capullo de maldad.