En enero de 1982 yo comenzaba mi cuarto semestre en el Puerto Rico Junior College y continuaba siendo un estudiante sobresaliente con excelentes notas y promedio académico. También continuaba con la idea de ir a estudiar a alguna universidad de los Estados Unidos y comenzando ese año comencé también las acciones afirmativas para lograr ese objetivo. Luego de orientarme, seleccioné a la Universidad de la Florida en Coral Gables como mi próximo centro de estudios. Comencé a gestionar todo lo necesario para una transferencia universitaria: formularios de admisión, becas, hospedaje, costos, matrícula, etc. Envié el pago correspondiente y toda la documentación necesaria en el tiempo indicado y sólo faltaba esperar la respuesta. Mientras esperaba, continuaba disfrutando mis logros incluyendo a mi nueva novia quien tenía conocimiento de mi interés en estudiar en los Estados Unidos. Transcurrieron varias semanas (6,8,10) antes de recibir alguna respuesta de la Universidad de la Florida. En ese tiempo de espera me acostumbré a compartir con mi novia los momentos disponibles y no deseaba alejarme de ella.
La Universidad de la Florida me notificó que recibieron toda la documentación que yo les había enviado pero que no recibieron la transcripción de créditos original, sellada y certificada del Puerto Rico Junior College. Esto a pesar de que yo la había gestionado. La misma era un requisito sine qua non para la admisión como estudiante. Mi entusiasmo de estudiar en esa universidad había disminuido por motivo del nuevo entusiasmo con mi novia. Por esa razón no hice nada para que el PRJC enviara nuevamente la transcripción oficial y abandoné uno de mis sueños. El amor comenzó a ser un obstáculo en mi vida.
Por yo ser un "buen muchacho", Doña Elena comenzó a permitir que su hija y yo saliéramos juntos como novios. En un principio su hermana Maritza nos acompañaba, también nuestra amiga Madeline. Nuestras primeras salidas fueron para la Bolera Santa María. A pesar de que esta bolera era muy conocida en toda la ciudad, increíblemente ella nunca la había visitado. Allí tuvo la oportunidad de conocer a mis amigos y compartimos con ellos en algunas ocasiones. Pero ella poco a poco establecía las reglas de nuestro noviazgo y nunca aceptó a mis amigos como sus propios. Tampoco aceptó a mis amigos como mis amigos. La maldita ceguera que esa concubina del demonio me había causado me impidió entender que ella estableció un lento proceso de separación de mi círculo de amistades.
Al comenzar a estudiar en Río Piedras, automáticamente hubo una separación física con mi grupo de amigos pero no así emocional. El poco tiempo que tenía disponible lo compartía con ellos socialmente. Este tiempo se redujo más aún luego de comenzar mi noviazgo. Pero los constantes comentarios negativos que mi novia hacía en relación a mis amigos y sus actitudes negativas cada vez que yo compartía con el grupo, motivó que yo comenzara a socializar con mis amigos a espaldas de ella; empecé a mentir en mi vida. Este compartir se fué reduciendo cada vez más hasta afectar el compromiso emocional que tenía con ellos. Adicionalmente, (entiendo que esto es un proceso social natural), cada miembro del círculo comenzó a tomar decisiones personales que fragmentaban la unión. Entre estas decisiones hubo dos que permitieron que el vínculo emocional de la amistad se trasladara más allá de Ponce. Los que consideré mis dos mejores amigos, Bengie y Rodolfo, también trasladaron sus estudios a Río Piedras.
El padre de Bengie, el Reverendo Alfredo Santiago, fué transferido para dirigir la Iglesia Evangélica Unida de Río Piedras provocando la mudanza de toda la familia y la decisión de Bengie de ingresar a estudiar en la Universidad InterAmericana, Recinto de Río Piedras. Mientras tanto, Rodolfo estudiaba en la misma universidad pero en el recinto de Ponce y como requisito de graduación tenía que transferirse a otro recinto teniendo que escoger entre el de San Germán o el de Río Piedras, decidiéndose por éste último. Sin embargo este re-encuentro amistoso no tuvo una larga duración. Bengie se entregó por completo a sus estudios y se involucró mucho en las actividades de la iglesia que su padre dirigía; adicional a que también encontró a su princesa rosada. Mientras, Rodolfo también encontró en Río Piedras a la persona ideal para compartir una bonita relación.
Gisela y Rodolfo comenzaron un noviazgo diferente al mío porque ella sí aceptó su grupo de amigos y compartió con nosotros en muchas ocasiones. Su personalidad era compatible con el grupo y al igual que nosotros, ella estudiaba en Río Piedras pero vivía en Ponce. Pero ella también fué percibida por mi novia como una persona no agradable ante sus ojos. Lejos estaba yo de imaginar que ellos dos serían los últimos amigos que yo tuviera en mi vida, pués la que yo creía que era mi Cenicienta se convirtió en una bruja hechizera que no permitió que yo nunca más tuviera amigos(as).
Desde muy temprano de nuestra relación, Adeline demostró desconfianza en todo lo que para ella era nuevo o diferente. No aceptaba que yo tuviera amigos de la misma manera que ella casi no tenía amigas. Cuando compartíamos con nuestra familia yo podía observar la falsedad de sus acciones y de sus palabras hacia ellos, actitud que mantenía también con su propia familia. Mientras la mía era una familia extensa, unida y bulliciosa, la de ella era pequeña, sólo del lado de su madre y fragmentada. No tenía lazos emocionales con su familia extendida. La delicadeza femenina que ella muy bien sabía mantener en presencia de otras personas se desvanecía cuando teníamos diferencias de opinión o cuando no le gustaba alguna acción de mi parte, como lo era el compartir con mis amigos, mencionar el nombre de alguna amiga, jugar billar, beber cerveza, etc. Con frecuencia cambiaba su estado de ánimo y con éste su vocabulario. Mi mundo comenzó a hacerse más pequeño y mi vida comenzó a girar casi exclusivamente alrededor de ella, atraído más por su belleza que por su personalidad.
Su forma de ejercer control en nuestra relación era más a través de sus actitudes que de sus palabras. Sus manifiestos comportamientos repetitivos de rechazo hacia lo que no le gustaba me obligaba a negar mis propias realidades (ej., gustos, ideas, estilos de vida) o negar mis acciones presentes (compartir con amigos) o acciones pasadas (novias anteriores). Pensando que pasábamos por un proceso de adaptación, yo no tenía inconvenientes en continuar adelante con nuestra relación. Pero no me estaba percatando que ese proceso de adaptación era solamente mío. Mientra yo tenía que creer todo lo que ella me decía o descubrir poco a poco cualquier incongruencia, ella conocía todo sobre mí através de su amiga Madeline.
Como era costumbre, un día llegué de Río Piedras contento porque esa noche compartiría con mi bonita novia. En esa ocasión me dirigí directo a mi hogar de donde volví a salir debidamente acicalado, perfumado y alegre rumbo al arrabal. Al llegar a su casa la encontré sumamente molesta y con sus acostumbradas actitudes negativas de manipulación. Contrario a otras ocasiones en las que se hacía de rogar antes de conversar, esta vez fué ella la que comenzó a hablar y a acusarme de mentirle. Después de escucharla y de organizar mis pensamientos, logré que hablemos de lo que ella quería, aunque su actitud negativa le duró toda la noche y esto me dió la oportunidad de observar que en su personalidad pululaban síntomas de negación. Con evidente molestia en su rostro, me dijo que alguien le había dicho a ella que yo mantenía una relación amorosa con una mujer casada de nombre Mery, que se encontraba embarazada y que en Las Delicias algunos vecinos comentaban sobre mi responsabilidad en relación a eso. En una larga conversación no le negué mi amistad con Mery pero sí la relación amorosa y cualquier relación con su embarazo. La extensa conversación no la hizo cambiar su forma de pensar y pude observar que ella prefirió terminar repentinamente con la conversación y nunca más mencionó ese tema, entrando en un absoluto y permanente estado de negación en relación al mismo (síndrome del avestruz). ¿Temía ella que fueran ciertos los rumores que le habían llevado? ¿Temía correr la misma suerte que tuvo con su primer novio Papo, al quedar abandonada, sóla y triste? ¿Tuvo miedo de perder otra oportunidad de lograr que alguien la saque del arrabal?
Pero Mery no sólo era mi amiga, también era amiga de toda mi familia y por ese motivo en ocasiones su nombre era mencionado en reuniones familiares en las que mi novia se encontraba presente y cuando esto ocurría ella evidenciaba su molestia y enojo. Pero mientras ella no soportaba escuchar el nombre de MRS, con frecuencia mencionaba los nombres de Papo y Alberto como si quisiera enviarme mensajes ocultos que yo tenía que descifrar. En una ocasión me dijo que cuando terminó su noviazgo con Alberto ambos acordaron que quedaba pendiente entre ellos una conversación que nunca terminaron y que ellos dos tenían la necesidad de terminar algún día. Increíblemente, nunca le pregunté el tema de esa conversación y tampoco le puse impedimentos. Estaba obligado a confiar en ella porque yo sólo la podía ver dos días a la semana y desconocía lo que hacía el resto de la semana cuando salía de su hogar para la universidad. Ese día llegó y terminaron la conversación que tenían pendiente. Aunque nunca me enteré cual era el importante tema, el día que lo hicieron me dió la oportunidad de reconocer por primera vez que yo me había equivocado. Mi princesa rosada era una ladrona de sueños. Me escondí de la mosca y me comió la araña.
sábado, 24 de noviembre de 2012
sábado, 3 de noviembre de 2012
sábado, 13 de octubre de 2012
sábado, 6 de octubre de 2012
jueves, 20 de septiembre de 2012
Biografía de una mentira convertida en mujer
Por ser limitada mi presencia en Ponce, también fueron limitadas nuestras primeras conversaciones. Como parte del proceso de conocernos, estas primeras giraban en torno a ella, su familia, yo y mi familia. También sobre mi trabajo y los estudios universitaios de ambos. Pero después de más de veinte años conversando con ella, aprendí a separar la verdad de la mentira.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Primera mentira
El amor me entró por los ojos. Me enamoré. Me enamoré de su físico, de su mirada, de su sonrisa, de su piel, de su cuerpo, de todo lo que yo podía ver. Pero no sé si alguna vez me enamoré de la persona o si todo era parte de la ilusión.
En nuestro casual primer encuentro, ella no demostró interés en conocerme, pero después de ese momento comenzó a visitar a su amiga Madeline, quien vivía en Las Delicias frente a mi hogar puerta con puerta. La frecuencia de mis viajes de regreso a Ponce no ocurrian en días ni horas fijos y casi nunca tenían más de dos días consecutivos de duración, pero siempre trataba de incluir días de fines de semana para compartir también con mis amigos. Un día nuestra amiga en común nos presentó y me dijo que su nombre era Adeline (con fonética ádelin) de tan sólo diesinueve (19) años recién cumplidos. En ese momento me convencí de que había encontrado a mi Cenicienta, de que había llegado la Princesa Rosada con la que yo había soñado de la misma forma en que ellas sueñan con su Príncipe Azul (¿O acaso ese es un sueño exclusivo para las mujeres?). Contrario a la primera vez que nos vimos, después que nos conocimos era evidente la atención que ella me prestaba y esto facilitó el camino de nuestra amistad. Casi siempre que visitaba a su amiga en Las Delicias lo hacía acompañada de su única hermana Maritza, quien era un año menor que ella. Un día Adeline solicitó autorización a sus padres para visitar a Madeline y pernoctar en su hogar esa noche (el viejo truco de "Me voy a quedar en casa de una amiga" que se utiliza para experimentar nuevas emociones), pero en esa ocasión no estuvo presente su hermana. Esa noche tuvimos la oportunidad de conversar y conocernos y supe entonces que no se llamaba Adeline. Su verdadero nombre era Ana Adelaida Rodríguez Pérez. Me enteré que desde muy pequeña su madre la llamaba ádelin mientras ella lo escribía Adeline porque no le gustaba el nombre Adelaida con el que su padre la había inscrito al nacer en honor a la enfermera que atendió el parto.
Esa noche le pedí que me permitiera llevarla hasta su hogar al momento que decida regresar el día siguiente. Ella se negó alegando que su madre no lo aceptaría de la misma forma que no aceptaba que ella tenga novio o amigos. Fué para mí una situación novedosa conocer a una chica que no le aceptaban algún amigo en su hogar, más aún cuando esa chica ya era legalmente mayor de edad. Pero esto lo tomé como evidencia de la virginal y obediente vida de una joven mujer. Insistí en mi deseo y finalmente aceptó. Al día siguiente en horas de la mañana me dispuse a llevarla en mi auto hasta su hogar el cual ella me había dicho que ubicaba en la Calle California y mientras me acercaba al área transitando por la Calle Villa me pidió que la dejara allí (en la Villa) y que ella llegaría hasta su residencia caminando. Aunque originalmente me negué, acepté porque me dijo que quería evitar problemas con su madre y le diría a ella que para llegar había tomado el autobús. Nuevamente lo tomé como evidencia de una virginal y obediente vida. Luego de bajarse del auto continué mi marcha y decidí dar la vuelta para pasar cerca de su residencia y saber donde exactamente ubicaba la misma porque tenía intensiones de visitarla en el futuro. Pero sorpresa, el lugar ya lo había visitado antes. Su casa estaba en la Calle California esquina con la Calle Reina a sólo pasos del negocio conocido como La Casa de Liche y que ya describí en la primera parte de ésta autobiografía como un arrabal en el que abundaba la droga, la prostitución y una alta incidencia criminal en todas sus manifestaciones. Residía en el deprimente sector del Barrio Segundo que por muchos años el gobierno municipal estaba tratando de eliminar de la misma manera que Dios quiso eliminar Sodoma y Gomorra. Allí nació, allí se crió, allí estudió y era lo único que ella conocía. Nunca había visitado una playa o la Bolera Santa María, nunca corrió bicicleta o patines. Allí vivió hasta que yo la saqué del arrabal sin darme cuenta que me estaba llevando un capullo de maldad.
En nuestro casual primer encuentro, ella no demostró interés en conocerme, pero después de ese momento comenzó a visitar a su amiga Madeline, quien vivía en Las Delicias frente a mi hogar puerta con puerta. La frecuencia de mis viajes de regreso a Ponce no ocurrian en días ni horas fijos y casi nunca tenían más de dos días consecutivos de duración, pero siempre trataba de incluir días de fines de semana para compartir también con mis amigos. Un día nuestra amiga en común nos presentó y me dijo que su nombre era Adeline (con fonética ádelin) de tan sólo diesinueve (19) años recién cumplidos. En ese momento me convencí de que había encontrado a mi Cenicienta, de que había llegado la Princesa Rosada con la que yo había soñado de la misma forma en que ellas sueñan con su Príncipe Azul (¿O acaso ese es un sueño exclusivo para las mujeres?). Contrario a la primera vez que nos vimos, después que nos conocimos era evidente la atención que ella me prestaba y esto facilitó el camino de nuestra amistad. Casi siempre que visitaba a su amiga en Las Delicias lo hacía acompañada de su única hermana Maritza, quien era un año menor que ella. Un día Adeline solicitó autorización a sus padres para visitar a Madeline y pernoctar en su hogar esa noche (el viejo truco de "Me voy a quedar en casa de una amiga" que se utiliza para experimentar nuevas emociones), pero en esa ocasión no estuvo presente su hermana. Esa noche tuvimos la oportunidad de conversar y conocernos y supe entonces que no se llamaba Adeline. Su verdadero nombre era Ana Adelaida Rodríguez Pérez. Me enteré que desde muy pequeña su madre la llamaba ádelin mientras ella lo escribía Adeline porque no le gustaba el nombre Adelaida con el que su padre la había inscrito al nacer en honor a la enfermera que atendió el parto.
Esa noche le pedí que me permitiera llevarla hasta su hogar al momento que decida regresar el día siguiente. Ella se negó alegando que su madre no lo aceptaría de la misma forma que no aceptaba que ella tenga novio o amigos. Fué para mí una situación novedosa conocer a una chica que no le aceptaban algún amigo en su hogar, más aún cuando esa chica ya era legalmente mayor de edad. Pero esto lo tomé como evidencia de la virginal y obediente vida de una joven mujer. Insistí en mi deseo y finalmente aceptó. Al día siguiente en horas de la mañana me dispuse a llevarla en mi auto hasta su hogar el cual ella me había dicho que ubicaba en la Calle California y mientras me acercaba al área transitando por la Calle Villa me pidió que la dejara allí (en la Villa) y que ella llegaría hasta su residencia caminando. Aunque originalmente me negué, acepté porque me dijo que quería evitar problemas con su madre y le diría a ella que para llegar había tomado el autobús. Nuevamente lo tomé como evidencia de una virginal y obediente vida. Luego de bajarse del auto continué mi marcha y decidí dar la vuelta para pasar cerca de su residencia y saber donde exactamente ubicaba la misma porque tenía intensiones de visitarla en el futuro. Pero sorpresa, el lugar ya lo había visitado antes. Su casa estaba en la Calle California esquina con la Calle Reina a sólo pasos del negocio conocido como La Casa de Liche y que ya describí en la primera parte de ésta autobiografía como un arrabal en el que abundaba la droga, la prostitución y una alta incidencia criminal en todas sus manifestaciones. Residía en el deprimente sector del Barrio Segundo que por muchos años el gobierno municipal estaba tratando de eliminar de la misma manera que Dios quiso eliminar Sodoma y Gomorra. Allí nació, allí se crió, allí estudió y era lo único que ella conocía. Nunca había visitado una playa o la Bolera Santa María, nunca corrió bicicleta o patines. Allí vivió hasta que yo la saqué del arrabal sin darme cuenta que me estaba llevando un capullo de maldad.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Obnubilación
Después de graduarme de la academia, entre los meses de octubre a diciembre, me encontraba en proceso de adaptación a mi nueva forma de vida como guardia penal a tiempo completo y como estudiante universitario también a tiempo completo, y en ambas situaciones con presencia física en Río Piedras pero manteniendo mi residencia oficial en Ponce, a donde viajaba con la frecuencia que el tiempo disponible me lo permitía por razón de los turnos rotativos de 24 horas de trabajo.
Un día de asueto me encontraba en mi ciudad y a pesar de que tenía mi propio auto, por motivos que no recuerdo, tuve la necesidad de utilizar el autobús público para moverme de mi barrio Las Delicias hacia el centro del pueblo. Al subir al autobús pude observar que había pocas personas sentadas dentro del mismo y decidí dirigirme hasta el final para sentarme en la "cocina". Repentinamente un extraño ser se apoderó de mi mente creándome la sensación de que me encontraba en las puertas del cielo. Al dirigir mi mirada hasta el final del autobús percibí un intenso brillo de luz celestial que hería la retina de mis ojos. Había algo allí que perturbó mi entendimiento sobre la creación del mundo. Esa extraña luz a la misma vez que me lastimaba, me atraía y no me permitía cambiar la mirada o cerrar los ojos. Tampoco me permitía saber que había detrás de tanto resplandor. La mucha luz es como la oscuridad, no nos permite ver. Según me acercaba, ese extraño ser que me hacía sentir flotando en el aire, tomaba forma humana hasta que finalmente desperté de mi letargo y pude ver que toda esa luz que me deslumbraba provenía de la infinita belleza de una joven que se encontraba sentada en la "cocina" acompañada por su mejor amiga quien también era mi vecina en Las Delicias. Al ver a la hermosa joven de apariencia angelical mis pensamientos me confundieron, - Nunca había visto tanta belleza física en una sola mujer - Su apariencia era de un ser perfecto - La Virgen María tenía motivos para envidiarla - Dios no es perfecto porque se había equivocado dándole tanta belleza a ella que no le quedó más para repartir, privando a otras que también la necesitaban - No podía creer lo que estaba viendo. Asombrado clavé mi mirada en sus ojos de donde se me hacía casi imposible retirarla. < Mi vista estaba tan atenta y fija ... que mis demás sentidos se apagaron. > Dante Alighieri, La Divina Comedia, 2da parte, Canto 32
En la residencia frente a la mía vivía una familia compuesta de una madre y sus cuatro hijos, dos hembras y dos varones. Madeline era la mayor de las mujeres y era una de las jóvenes privadas de belleza física, por eso su presencia contrastaba con el brillo que generaba la presencia de su mejor amiga.
Me senté en el autobús en una posición que me permitía mantenerme cerca y de frente a ellas, saludé a ambas y comencé a conversar con mi vecina. Evidentemente emocionado no retiraba por mucho tiempo mi mirada de aquel rostro tan blanco con pequeños ojos semi-cerrados y labios perfectamente delineados. Insistí en mantener una conversación activa pero sólo Madeline retroalimentaba la misma. Su amiga de apariencia virginal sólo sonreía amistosamente. Intimidado ante tanta belleza no me atreví a preguntar quien era ella, cual era su nombre, donde vivía, o cualquier otra pregunta. Por llegar a mi destino primero que ellas, me ví obligado a bajar del autobús y alejarme de las puertas del cielo que ese ángel custodiaba. Pero su rostro y su sonrisa se grabaron en mi mente y comencé a soñar con el amor perfecto, con mi Princesa Rosada, con mi Cenicienta.
Su resplandor me causó una ceguera que duró muchos años y que me impidió ver que toda esa belleza era sólo un disfráz; todo era una trampa del mismísimo diablo que gobierna el infierno para tratar de retenerme en su reino. Toda esa belleza era realmente un capullo de maldad que satanás había puesto en mi camino para que yo la encuentre y la conserve mientras ella alimentaba la maldad que llevaba en su alma. Demasiado buerno para ser cierto. Ella era la aparición nuevamente, de la serpiente bíblica que provocó la expulsión del paraíso, la aparición del pecado y el dolor humano. Sin haber pronunciado ni una sóla palabra ese día, esa joven con belleza de oropel dijo más mentiras que todas las que yo había escuchado en mi vida, pero mi ceguera no me permitía ver la verdad.
Con el tiempo ella se convirtió en un torbellino que me arrastró con movimientos giratorios hacia el centro, y como el suelo que traga rápidamente el agua, fuí absorbido por su mentira convirtiendo mi vida también en una vida de mentiras.
Un día de asueto me encontraba en mi ciudad y a pesar de que tenía mi propio auto, por motivos que no recuerdo, tuve la necesidad de utilizar el autobús público para moverme de mi barrio Las Delicias hacia el centro del pueblo. Al subir al autobús pude observar que había pocas personas sentadas dentro del mismo y decidí dirigirme hasta el final para sentarme en la "cocina". Repentinamente un extraño ser se apoderó de mi mente creándome la sensación de que me encontraba en las puertas del cielo. Al dirigir mi mirada hasta el final del autobús percibí un intenso brillo de luz celestial que hería la retina de mis ojos. Había algo allí que perturbó mi entendimiento sobre la creación del mundo. Esa extraña luz a la misma vez que me lastimaba, me atraía y no me permitía cambiar la mirada o cerrar los ojos. Tampoco me permitía saber que había detrás de tanto resplandor. La mucha luz es como la oscuridad, no nos permite ver. Según me acercaba, ese extraño ser que me hacía sentir flotando en el aire, tomaba forma humana hasta que finalmente desperté de mi letargo y pude ver que toda esa luz que me deslumbraba provenía de la infinita belleza de una joven que se encontraba sentada en la "cocina" acompañada por su mejor amiga quien también era mi vecina en Las Delicias. Al ver a la hermosa joven de apariencia angelical mis pensamientos me confundieron, - Nunca había visto tanta belleza física en una sola mujer - Su apariencia era de un ser perfecto - La Virgen María tenía motivos para envidiarla - Dios no es perfecto porque se había equivocado dándole tanta belleza a ella que no le quedó más para repartir, privando a otras que también la necesitaban - No podía creer lo que estaba viendo. Asombrado clavé mi mirada en sus ojos de donde se me hacía casi imposible retirarla. < Mi vista estaba tan atenta y fija ... que mis demás sentidos se apagaron. > Dante Alighieri, La Divina Comedia, 2da parte, Canto 32
En la residencia frente a la mía vivía una familia compuesta de una madre y sus cuatro hijos, dos hembras y dos varones. Madeline era la mayor de las mujeres y era una de las jóvenes privadas de belleza física, por eso su presencia contrastaba con el brillo que generaba la presencia de su mejor amiga.
Me senté en el autobús en una posición que me permitía mantenerme cerca y de frente a ellas, saludé a ambas y comencé a conversar con mi vecina. Evidentemente emocionado no retiraba por mucho tiempo mi mirada de aquel rostro tan blanco con pequeños ojos semi-cerrados y labios perfectamente delineados. Insistí en mantener una conversación activa pero sólo Madeline retroalimentaba la misma. Su amiga de apariencia virginal sólo sonreía amistosamente. Intimidado ante tanta belleza no me atreví a preguntar quien era ella, cual era su nombre, donde vivía, o cualquier otra pregunta. Por llegar a mi destino primero que ellas, me ví obligado a bajar del autobús y alejarme de las puertas del cielo que ese ángel custodiaba. Pero su rostro y su sonrisa se grabaron en mi mente y comencé a soñar con el amor perfecto, con mi Princesa Rosada, con mi Cenicienta.
Su resplandor me causó una ceguera que duró muchos años y que me impidió ver que toda esa belleza era sólo un disfráz; todo era una trampa del mismísimo diablo que gobierna el infierno para tratar de retenerme en su reino. Toda esa belleza era realmente un capullo de maldad que satanás había puesto en mi camino para que yo la encuentre y la conserve mientras ella alimentaba la maldad que llevaba en su alma. Demasiado buerno para ser cierto. Ella era la aparición nuevamente, de la serpiente bíblica que provocó la expulsión del paraíso, la aparición del pecado y el dolor humano. Sin haber pronunciado ni una sóla palabra ese día, esa joven con belleza de oropel dijo más mentiras que todas las que yo había escuchado en mi vida, pero mi ceguera no me permitía ver la verdad.
Con el tiempo ella se convirtió en un torbellino que me arrastró con movimientos giratorios hacia el centro, y como el suelo que traga rápidamente el agua, fuí absorbido por su mentira convirtiendo mi vida también en una vida de mentiras.
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