domingo, 6 de octubre de 2013

Diosa de la mentira

Cualquier cosa es buena, dijo el diablo, y me llevó a mí.  1983 año del cambio.  Año en el que fuí absorbido por la mentira.  Año en el que le mintieron a Dios. 

Desde que comencé a trabajar como guardia penal fuí asignado de forma permanente al puesto de la armería de  la Penitenciaría Estatal en los turnos nocturnos de 10:00 pm a 6:00 am. Esto me ayudó en mis estudios universitarios porque me dió la oportunidad de prepararme para los exámenes a la misma vez que laboraba en mis funciones.  También me permitía reflexionar sobre mi vida y mi futuro.  Fué ese mismo año que realicé mis primeros escritos en algunos momentos de reflexión dentro de la armería.  La mayoría de ellos se basaban en inseguridades personales y en decisiones que tenía que tomar.  Otros trataban asuntos relacionados al ambiente de trabajo.  Algunos de estos escritos no sobrevivieron, pero unos pocos todavía se conservan en su estado original. 

Los primeros meses de ese año transcurrieron para mí de forma rutinaria.  Mientras en Río Piedras estudiaba, trabajaba y me hospedaba, en Ponce tenía mi hogar, familia, novia y amistades.  Podia decirse que tenía dos estilos de vida diferentes, aunque ambas debidamente sincronizadas y en armonía. 

Mi placer por las actividades playeras fué siempre una debilidad desde mi temprana juventud.  Por eso no esperaba a que llegue el verano para disfrutar de ellas y por ese motivo, en febrero de ese año le comuniqué a mi novia mi deseo de ir con ella a la playa.  Aunque aceptó la idea, no logramos ponernos de acuerdo en el momento apropiado para compartir un día en la playa solos.  Pasaron varias semanas y continuábamos sin lograr escoger un día para esa actividad.  Esa situación me disgustaba porque ella siempre decidía el como, cuando y donde, de todas las actividades que realizábamos juntos.  Mi disgusto fué en aumento y llegando el mes de marzo  el nivel del mismo me obligó a hacerle una advertencia, "Si tú no quieres ir a la playa dímelo porque yo voy sólo".  Sin saberlo, con estas palabras estaba abriendo las puertas del infierno. 

Como toda pareja de novios, Adeline y yo habíamos fantaseado en varias ocasiones sobre como seríamos en matrimonio, cuantos hijos tendríamos y como serían estos, ¿blancos, colora'os, narizones, pecosos, varones, hembras?  Pero ninguno de los dos tomaba el tema con seriedad.  Mi realidad era que yo nunca lo había pensado seriamente, pero me encontraba consciente de que a punto de cumplir  mis veinticinco años de edad debía de hacerlo porque siempre había pensado que la edad de veintiseis años era la más apropiadamente tarde para llegar al matrimonio.  Ella tampoco inició nunca con seriedad, alguna conversación dirigida, o en relación a convertir nuestro noviazgo en un matrimonio en ley.  Nunca antes habíamos conversado para finalizar nuestra relación en una boda.  Nuestra actitud siempre fué la de dejar pasar el tiempo.  Tampoco sentía presión alguna de sus padres o cualquier otra persona.  Pero el tiempo cumple su parte.

Ante mi insistencia, llegó el momento apropiado y acordamos el día en que iríamos a la playa y comenzamos a planificar todo lo relacionado para disfrutar de un día de playa solos por primera vez.  Pero como consecuencia de la rutina por el tiempo que llevábamos de novios, olvidé un detalle por no considerarlo importante pero que sí lo era para ella.  Mientras hacíamos los arreglos para la playa me recuerda que tengo que pedirle permiso a su madre porque sin la autorización de Doña Elena no puede salir sóla conmigo.  Sus palabras causaron en mí un efecto negativo que aumentaba mientras conversábamos sobre eso.  Me negué.  No sentía que tuviera alguna obligación de solicitar el permiso de su madre. 

Por mi propia personalidad y crianza, yo no acostumbraba a pedir permiso a mis padres para realizar cualquier actividad propia de la niñez, adolescencia, juventud, ocasión o etapa.  El único permiso que en mi hogar se acostumbraba a solicitar era para uno comerse la comida de otro.  Mis hermanas, mi hermano Ramón y yo tomábamos siempre nuestras propias decisiones como hijos(as) mientras Kino y Blanca tomaban sus decisiones como padre y madre, sin confrontamientos.  Pero como todo en la vida tiene excepciones, le pedí permiso a Doña Elena y Don Adrian en muchas ocasiones para salir con su inocente, juvenil y virginal hija, y respetando la voluntad de ellos.  Pero eso fué así sólo hasta que descubrí que no existía esa inocente, juvenil y virginal  niña de la que creí enamorarme.  ¿Con que moral esa concubina del diablo me dice que pida permiso para salir juntos?  ¿Acaso pedíamos permiso cuando decidíamos ir al Motel Nuevo México para tener relaciones sexuales?  ¿Pidió ella permiso para salir con Papo y con Alberto?  ¿Pedía ella permiso cada vez que se desviaba de la escuela y la universidad para sus distintas actividades?  El único propósito de solicitar permiso era para continuar engañando a sus padres y seguir aparentando inocencia y virginidad, pero esa era su mentira, no la mía.  Sintiéndome molesto por su exigencia me negué rotundamente a cumplir con la misma y le advertí que pasaría a buscarla según acordamos para ir a Playa Santa en Guánica, con autorización  o sin ella de parte de sus padres.  Si ella prefería pedir permiso de su parte, se arriesgaba a  una acción negativa y la advertencia estaba hecha, "...con permiso o sin permiso vamos para la playa." 

Ambos estámos conscientes de que su madre no autorizaría esa salida solos ella y yo.  No lo haría porque era una salida muy evidente ante la mirada de los vecinos de la callejuela que provocaría el chismorreo en el arrabal.  Pero Doña Elena sí permitía que saliéramos solos cuando pensaba que no afectaría la imagen de su familia como lo era salir en grupo o llevar a su hija a la universidad, sin imaginar (¿sin imaginar?) que su hija pecaba desde los quince años con personas del mismo barrio que ella tanto despreciaba.  Salir solos a la paya afectaría la imagen de su familia dentro del mismo barrio en el que residen pero del que la familia no estaba integrada por creer estar en un nivel socio-educativo superior que no les permitía mezclarse con los demás por no ser iguales. 

Frente a mi actitud desafiánte, Adeline se intimidó y aceptó mis condiciones.  Según lo acordamos, pasé a buscarla temprano en la mañana el día escogido y sin bajarme del auto me detuve frente a su hogar.  Inmediátamente ella salió, se subió al mismo y nos dirigimos a Guánica.  Allí disfrutamos solos de un bonito y romántico día en la playa sin interrupciones y en armonía con el ambiente, como era mi deseo.  Permanecimos en el lugar casi todo el día y con la llegada de la tarde se acercaba el momento de regresar; se acercaba el momento de enfrentar las consecuencias; se acercaba el momento de ella sóla enfrentar las consecuencias de sus acciones porque yo mantenía mi posicion de no dar explicasiones a su madre de las decisiones que yo tomaba.  Pero estaba consciente de que lo que hacíamos traería alguna consecuencia.  A lo hecho, pecho. 

Regresando a su hogar en horas de la tarde íbamos conversando animadamente pero conscientes de que nuestra acción provocará alguna reacción.  Según nos acercábamos más a su hogar, sabíamos que teníamos que hablar ese asunto para justificar nuestra acción frente a los cuestionamientos de su madre.  Pero aunque mi justificación era real y totalmente válida en el plano personal, no podia defenderme con la verdad porque estaría poniendo en evidencia la doble vida que llevaba su hija Ana Adelaida Rodríguez Pérez.  Sin proponérmelo, estaba convirtiendo sus secretos en mios porque me avergonzaba de su pasado y me afectaba pensar que yo fuera señalado como el idiota que le dió alas a la serpiente. 

Llegando exáctamente al punto de donde partimos, detuve el vehículo frente a su casa sin estacionarme y con el motor encendido, me despedí de ella  y esperé a que se bajara del auto, pero no lo hizo.  Con el disgusto dibujado en su rostro me cuestiona en forma de pregunta si no me voy a bajar para acompañarla a entrar a su hogar.  Manteniendo mi posición de no dar explicaciones, me negué a acompañarla.  En un intercambio de impresiones me acusa de querer dejarla sóla en ésta difícil situación que yo temía enfrentar.  Confrontando nuestras diferencias, ambos nos encontrábamos firmes y molestos.  Mi posición era clara: si me negué a pedir permiso, ¿porqué tengo que dar explicaciones?  Pero también era claro que ella acusaba cobardía de mi parte y aunque eso no era correcto, yo no podia evitar que lo pensara.  Finalmente accedí.  Incómodo con la situación, la acompañé a entrar a su hogar pero ambos permanecimos en el balcón conversando y esperando que algo ocurra.  Sabíamos que cualquier cosa que suceda sería determinante para el futuro de nuestra relación.  Utilizando una metáfora deportiva puedo decir que, en nuestro juego, nos encontrábamos empatados en la segunda del noveno, con las bases llenas, dos out, tres bolas y dos strikes.

A sólo semanas de cumplir mis veinticinco años de edad, sentí por primera vez la humillación que sienten los niños pequeños cuando son regañados por sus padres, con la diferencia de que no eran los mios los que me ragañaban.  A pocos minutos de llegar a su hogar y mientras conversábamos en el balcón, se abre la puerta que da acceso al interior del hogar, y con el rostro casi desfigurado por su molestia, surge detrás Doña Elena quien inmediatamente me ordena, "A...(mi nombre) entra que tenemos que hablar contigo."  Yo era el novio de su hija, ¿porqué llamarme a mí y no a ella?  ¿Porque pedirme explicaciones a mí y no a ella?  Ejerciendo su derecho, pudo correrme de la casa como lo hizo con Alberto, ¿porqué no lo hizo conmigo? 

Nunca he tenido dudas del aprecio que sentía la señora Elena Pérez Medina conmigo.  Siempre fué respetuosa y educada.  Se preocupaba por los peligros de mi trabajo, me aceptó en su hogar, conversaba con seriedad y bromeaba en ocasiones.  Puedo decir que fuí bendecido teniendo a Doña Elena como suegra.  Sin importar lo que me dijera, yo nunca hubiera tenido el atrevimeinto de ser irrespetuoso con ella.  Por eso cuando me ordenó que entre a la casa, mi actitud fué pasiva.  Pero yo no me había preparado para dar explicaciones, no tenía argumentos válidos para ella que justificaran nuestra acción. 

Mientras la hija permaneció sentada en el balcón, la madre me conduce hasta su propia habitación en la que se encontraba Don Adrian sentado esperándonos, pero la verdad es que su presencia fué casi desapercibida.  En la habitación había una silla vacía que aparentemente esperaba por mí (la silla de los acusados) porque ella también me ordenó, "Sientate."  Inmediatamente la madre de mi novia comienza con firmeza a increparme y a manifestar su coraje por el atrevimiento que tuve de llevarme a su hija para la playa sin solicitar autorización, y solos.  Exigiendo respeto para su hogar (algo que yo no cuestiono), me dijo que nosotros no podemos hacer eso sin su autorización e inmediatamente trae su preocupación mayor, "¿Que ván a pensar los vecinos?"  Con la molestia evidente en su cara, con firmeza y con respeto, se mantuvo varios minutos hablando mientras yo sólo escuchaba y Don Adrian observaba.  Sin bajar la intensidad, continúa exigiendo respeto recalcando que nosostros no podemos hacer lo que nos dé la gana.  Los minutos que duró ese llamado a interpelación fueron para mí infinitos. 

Es más fácil pedir perdón que pedir permiso,  pero yo mantenía una posición de no pedir perdón de la misma manera que no pedí permiso.  Tampoco quería dar explicaciones.  Sólo quería que terminara ese momento de incomodidad para mí y pensé que la manera más fácil para salir era aceptando con mi silencio todo lo que ella diga, pero encontré una manera más fácil de salir de esa situación.  Sin ceder ni un ápice en su reclamo, Doña Elena continuába expresando firmemente su descontento con lo ocurrido y esperando alguna reacción de mi parte.  De repente ésta llegó.  No tengo idea de si todas sus palabras habían sido previamente ensayadas o si fueron producto de la frustración; no sé si ella tenía la intención de presionarme, pero Doña Elena llegó en sus reclamos a un punto que me forzaba a romper mi silencio.  Con la seguridad que siempre la caracterizó, y sin titubear, me expone con claridad que si nosotros (su hija y yo) queremos hacer lo que nos dé la gana " ... se tienen que casar...."  Casi sin pensarlo, y con el propósito de no tener que disculparme y salir pronto de esa situación que me hacía sentir prisionero, le manifesté que nosotros ya habíamos conversado para casarnos.  El efecto fué inmediato: Doña Elena bajó su tensión y Don Adrian  habló por primera vez en ese incómodo momento que lo era para todos. 

Inmediátamente surgieron dos preguntas: Don Adrian, -¿Ustedes se piensan casar? -  Doña Elena, - ¿Cuando?-  Al mal paso dale prisa.  Las palabras que salieron de mi boca tenían el propósito de apagar el fuego bajando la tensión que había en la habitación y tratar de salir rápido de esa situación sin daños mayores.  Lo primero se logró, lo segundo trajo consecuencias a largo plazo, quedé atrapado en mis palabras.  Con tono descendente, la madre de mi novia continúa con su exposición añadiendo algunas preguntas.  Continuándo con mi deseo de salir de esa situación le expliqué que su hija y yo teníamos intención de casarnos y que a pesar de no saber cuando lo haríamos, le dije (a preguntas de ellos) que sería "... éste mismo año."  La tensión bajó a cero, logré levantarme de la silla de los acusados y dirigirme nuevamente al balcón del hogar donde me esperaba completamente ilesa la ladrona de sueños.

Con la preocupación reflejada en su rostro, Adeline inmediátamente me pregunta casi en murmullo, "¿Que pasó?  ¿Que te dijeron?  ¿Que tú dijistes?"  Sintiéndo que ya me había liberado de la situación, le expuse nuestra conversación y le expliqué la forma en que logré  tranquillizar a su madre: "... le dije que nos pensábamos casar."  Su reacción fué de sorpresa, "¿Tú le dijistes que nos pensábamos casar?"  En ese momento pensé que las palabras se las lleva el viento.  Al escuchar mis palabras, el rostro de mi novia cambió de exibir preocupación a exibir una sonrisa que no podia ocultar y sus ojos miraban más allá del tiempo y el espacio, miraban al infinito.  Para mí fueron sólo palabras, pero era evidente que para ella nó.  La verdad fué que no le presté importancia a mis propias palabras porque sólo tenían el propósito de salir de la situación en la que me encontraba.  Sin embargo, después de ese momento y en mi ausencia, Adeline y sus padres conversaron sobre ese tema.  Por eso, poco tiempo después mi novia me dijo algo que nuevamente me puso en una situación incómoda, pero que igualmete resolví con palabras que se las podia llevar el viento. 

En otro momento, nuevamente en su hogar sentados en los sillones del balcón conversando, ella retomó el tema y sin vacilar me dijo, "Si nos vamos a casar, tenemos que ir escogiendo la fecha."  Sin darle mucha importancia a ese tema, continué con la idea y conversamos al respecto.  La realidad fué que, continuándo con mi actitud, acepté todas sus sugerencias, fechas y opiniones , decidiéndo ella que la boda debe ser en aproximadamente tres meses, en el mes de julio, sencilla y un domingo por la mañana.  Escogió la fecha del domingo 17 de julio de ese año 1983 como el día de nuestra boda. 

Después de esa primera conversación que sostuvimos en relación al tema de nuestra futura boda, regresé a Río Piedras donde permanecí una semana sin pensar ni recordar en lo que habíamos conversado.  Pero al regresar a Ponce y compartir juntos nuevamente, me sorprendió con sus vastos conocimientos sobre todos y cada uno de los pasos para realizar la misma.  Había pensado en cada detalle, había investigado y se había orientado (incluyendo gastos).  Tan minuciosa fué su investigación que me dió conocimiento de una situación que ocurriría el día seleccionado y ella deseaba evitarlo. 

Nos encontrábamos todavía en el mes de marzo y ella ya sabía, con cuatro meses de anticipación, que el domingo 17 de julio (el día seleccionado para su boda), ella estaría pasando por su período menstrual, conocido como la regla.  Su advertencia sólo me confirmaba lo que me había manifestado en varias ocasiones anteriores, que ella conoce perféctamente su cuerpo y es capáz de predecir con anticipada exactitud, sus días  de ovulación, sus días fértiles, sus días sexualmente riesgosos, sus mejores días para el sexo, sus días de menstruación y la duración de ésta.  Estoy consciente de que esto es recomendable para las mujeres jóvenes y adultas y que ese debe ser el resultado de una bien aprendida educación sexual.  Pero ese mismo alarde de conocimientos antagoniza con sus justificaciones de ignorante y con sus palabras de arrepentimiento en sus pasados momentos de sexo con Papo y nuestra primera relación sexual (la del llanto del cocodrilo) respectivamente.  ¿Acaso la educación sexual tiene como objetivo promiscuir a las personas?  ¿Cual debe ser el  propósito final, control de riesgos o riesgos sin control?  ¿Corromper el sexo?  ¿Degradarlo por uso indigno? 

Después de asimilar el golpe de sus amplios conocimientos (confieso que esa situación me impactó) acepté pasivamente su propuesta de adelantar la boda una semana para evitar lo anteriormente explicado.  Escogimos (ella escogió) el domingo 10 de julio de ese año 1983 para realizar la boda, nuevamente en horas de la mañana.  Fué entonces cuando comencé a sentirme atrapado en mis propias palabras.  Sin proponérmelo, estábamos cambiando las reglas del juego del amor.  Cada día ella traía un nuevo asunto que teníamos que resolver en relación a nuestro futuro casamiento; iglesia, traje, vivienda, estudios, invitaciones, local, auto, documentos, reuniónes, etc.

Extraños sentimientos comenzaron a invadir mi ánimo: ella no era la persona por la que yo había estado esperando en mi vida, pero esa era la mujer que me gustaba; no era la frágil y delicada princesa rosada con la que yo había soñado, pero era una diosa complaciente del sexo; se desvanecía mi sueño de encontrar la madre perla celosamente guardada para mí, pero de repente ese sueño no era importante; me invadía el amor, me invadía el odio; me emocionaba imaginarme casado con ella, me preocupaba casarme con ella; soy joven y no debo tener prisa, el momento es ahora porque luego sería tarde; y más.  Sin  hablar con ella sobre mis confusos sentimientos, comencé una lucha introspectiva para obligarme a tomar la mejor decisión sobre mi futuro.  Si apuestas por el amor, arriesgalo todo (A.V.)  Tomé la decisión de arriesgarlo todo.  Sin mostrar emoción en mis decisiones, fuí aceptando poco a poco continuar con los preparativos pero no lograba asimilar la desilución sentida (realmente fué desilución sufrida) a través de todo el proceso de conocernos.  Eran dos personas muy distintas, una de la que me enamoré y otra con la que me casaría.  Los dias pasaban y con preocupación comencé a  aceptar la situación y continuar adelante con la boda, pero mi inseguridad me obligó a imponer dos condiciones para realizar la misma.  Estaba decidido a no llegar al altar con ella si no las aceptaba, pués estaba tratando de aceptarla a ella pero no  a sus mentiras.  Decidí comenzar desde cero, una nueva vida juntos ella y yo.  Borrón y cuenta nueva.

Sosteniendo una conversación pausada, le dí conocimiento de mis dos condiciones sin las cuales yo no estaba dispuesto a continuar con los planes.  Con la misma actitud pasiva de la conversación, ella escuchó y opinó.  Como primer punto importante, le notifiqué mi deseo-requisito de mudarnos de Ponce para Río Piedras una vez que seamos un matrimonio legalmente constituido.  No fué necesario abundar mucho sobre esta condición.  No le dí explicaciones sobre ésto y ella tampoco preguntó, pero la verdad era que me avergonzaba pensar que los fantasmas del pasado que abundaban en el arrabal, el callejón y todos sus alrededores, me hicieran sentir como un bufón humillado.  Sin preguntar mis razones y con evidente alegría, aceptó inmediátamente mi demanda, sin condiciones adicionales.  Creo que ella también quería huir de sus propios fantasmas...y de la miseria. 

Su reacción a mi segunda condición fué muy diferente, igualmente pasiva, igualmente con un tono de voz suave, pero diferente en su aceptación.  Pensé mucho sobre eso y aunque en ocasiones dudé si debía hacerlo, sabía que con el tiempo no me perdonaría a mí mismo el haber claudicado a mis valores familiares, religiosos y educativos, pero sobre todo, a un intrínseco valor social.  Tratando de consolar la muerte de mis sueños, en una franca exposición que ella muy bien entendió, le condicioné nuestra boda, nuestro casamiento, a que no use en el altar el acostumbrado traje de novia blanco en nuestra ceremonia por ser éste un símbolo de pureza, y no había pureza en nuestro amor. 

A través de los años siempre ha existido parejas que, por diferentes razones, deciden casarse sin utilizar el tradicional traje blanco: porque son divorciadas(os), por casarse fuera de la iglesia, porque no es requisito, por no creer en la rigidez, por sus propias creencias y tradiciones, etc. Mi exigencia de que no utilize el traje blanco no era una idea descabellada, entre otras razones, porque no existen leyes, ni del hombre ni divinas, que así lo obliguen.  También porque muchos negocios tipo Casa de Novias, tienen entre su variedad, vestidos de bodas de variados colores diferentes al blanco.  (Recuerdo perfectamente que en ese tiempo existía en el segundo nivel del muy concurrido Centro Comercial Plaza las Américas, una tienda de novias que se promocionaba con vestidos de boda que no eran blancos.  Específicamente recuerdo uno color crema).  Para gustos los colores.  Mi petición fué hecha con la mayor sinceridad y con la intención de respetar mis propias creencias personales.  Si en su interpretación ella sintió que la degradaba como mujer o que irrespetaba sus propias creencias, tenía la opción y la obligación moral de negarse a aceptar mis condiciones y si lo entendía justo y razonable, debía terminar nuestra relación por sentirse ofendida.  Pero al exponerle mi posición ella respondió con una pregunta, "¿Y qué le digo a mami (Doña Elena) de porqué no me estoy casando con traje blanco?"  Más de treinta años han transcurridos desde que sostuvimos esa conversación.  No poseo el mejor recuerdo de las palabras que intercambiamos pero sí recuerdo el momento y cómo nuestra conversación fluía claramente, en forma pasiva y pausada, por estar ambos conscientes de la seriedad del tema. 

Convencido de mi posición, utilizé siempre mi mayor delicadeza tratando de evitar alguna reacción ofensiva de su parte y su actitud pasiva evidenciaba ese logro.  Ella nunca contradijo mis motivos, por el contrario, sin justificar sus conductas pasadas, argumentaba razones familiares y mantenía la conversación viva como si estuviera buscando una salida apropiada que no le deje escapar la oportunidad de casarse y al mismo tiempo salvar sus apariencias.  Pudo haberse negado, pudo haberse ofendido, pudo haber terminado nuestro noviazgo, pero nada de lo anterior hizo y su actitud me confirmaba que su deseo era casarse.  (¿Recuerdan éstas palabras?: "Se tiene que casar, porque recuerda que ella no es señorita".)

Si es cierto que el amor cuando es verdadero es incondicional, era su oportunidad de demostrar su amor y dejar que sea el tiempo el que me humille por mi error.  Pero ésto tampoco ocurrió; y no fué así porque al igual que yo, su amor también tenía condiciones.  No le quito el derecho de ella también poner condiciones, pero no tenía derecho a mentir.  Puedo dejar el orgullo a un lado, pero la dignidad nunca.  Después de muchos intercambios de argumentos  le propuse una alternativa pensando que podía ser una solución salomónica.  Manteniendo firmeza en mis creencias pero cediendo frente a su argumento de no explicar la ausencia del color blanco en su boda, le propuse continuar con nuestra ceremonia de casamiento aceptándole el vestido blanco pero no el velo y la corona.  Como salida alterna le acepté el traje blanco pero con firmeza le advertí que no aceptaba el velo y la corona y esa era mi decisión final.  No estaba dispuesto a protagonizar una mentira que sólo cumplía el propósito de engañar a todos y continuar con su diabólica apariencia virginal.  ¿Qué o quien tenía la autoridad para obligarme a cumplir sus sueños si ella no cumple los míos?  Frente al altar de la iglesia, ¿tienen más valor unos sueños que otros?  Que baje Dios y me lo confirme, sólo así puedo aceptarlo. 

Pensé que habíamos logrado superar una gran dificultad cuando ella, al escuchar mi alternativa, aceptó no usar velo y corona en nuestra boda de escenografía.  No había espacio para equivocaciones, errores o malas interpretaciones.  Mi exigencia estaba claramente expuesta y fundamentada.  No había posibilidad de interpretarlo de otra forma y así ella lo aceptó.  Ya no era sólo un capricho, no era una condición, era un acuerdo entre dos personas adultas que libre y voluntariamente decidieron adoptar cuando juntos, y con Dios de testigo, caminen por la iglesia y juren amor eterno en las buenas y en las malas y hasta que la muerte los separe.  Por haber sido educados ambos bajo estos mismos conceptos religiosos, yo estaba obligado a creer en el compromiso de sus palabras y así lo hice, a pesar de que todavía yo tenía dudas de la existencia de Dios. 

Pero ese diabólico ser nuevamente mintió; me mintió a mí, a los presentes, a la iglesia, al sacerdote y a Dios.  Incumpliendo con su promesa, el día 10 de julio de 1983 mientras Dios y yo la esperábamos en el altar de espaldas a su llegada, se dirigió lentamente hacia mí, sostenida del brazo de su padre, quien me hizo entrega de su hija, ignorando (¿ignorando?) que hacía mucho tiempo que ella se había entregado libre y voluntariamente, y sin escenografía de fondo.  Al llegar a mi lado pude observar su blanco traje de novia como ella lo quería y el velo y la corona en su cabeza, rompiendo así su promesa de unir nuestras vidas y dejar atrás el pasado.  Si no fué posible para ella cumplir con su promesa, tampoco era posible para mí dejar atrás el pasado. 

Su lindo traje blanco, el ramo de flores en sus manos y su hermoso rostro perfectamente maquillado, la convertían en un cautivante espejismo para todos los presentes; lucía como una diosa, La Diosa de la Mentira.  ¿Que respeto podia sentir ella hacia nuestro matrimonio, hacia mí, si se atrevió llevar sus mentiras al altar de nuestra boda?  Infidelidad es engaño. Engaño es mentira.  Ella mintió.  Ella fué infiel a nuestro amor.  Con ese acto de soberbia satánica me arrastró a vivir dentro de su propio infierno y a conocer mejor su mente, diabólica y egoista.  Sus efectos se manifestaron a través del tiempo: ella no estaba comprometida con nuestra relación matrimonial.  ¿Y después de ésto qué?  ¿Cual será su próxima mentira?  ¿Hasta donde será capaz de llegar  en su perversidad?  El diablo no duerme.

Pero Adeline no podia engañar a su propia conciencia y trató de exorcisar  su pasado utilizándome a mí y a la Iglesia Católica como un bonito salvapantalla que oculte las huellas de los caminos recorridos en su mundo de mentiras.  Esto lo evidenció cuando me sorprendió exigiéndome también una condición para casarse.  Sin darme explicaciones (yo no las necesitaba) me manifestó que no quería casarse  en la iglesia a la que ella pertenecía. 

Como norma de la Iglesia Católica, todas las bodas o ceremonias de casamiento tienen que realizarse en la parroquia correspondiente al vecindario en el que vive la novia a casarse.  Dicho de otra manera, toda boda que se celebre dentro de la Religión Católica, tiene que ser realizada por el párroco de la iglesia a la que asiste o le correponde asistir  la novia.  En nuestra situación, la parroquia correspondiente era la Iglesia Santa Teresita que ubicaba en la Calle Victoria, dentro del mismo barrio arrabalesco.  Esta iglesia es también un colegio escolar católico y fué en el que mi novia y su hermana Maritza cursaron sus años escolares desde el primer grado elemental hasta el octavo intermedio.  Era también la iglesia que su madre y su padre asistían  con regularidad los domingos.  Por haber pertenecido toda su vida a esa parroquia, ella conocía a todo el personal del colegio y de la iglesia, incluyendo al sacerdote y a los feligreses, y por lo tanto, ellos también la conocían a ella personalmente.  ¿Porqué entonces se negaba a casarse en su parroquia?  ¿Cual era su miedo?  ¿Temía al "...hable ahora o calle para siempre."? ¿De quien se escondía?  ¿Que más ocultaba? 

Por decisión propia y para mi sorpresa, mi novia me dice que no desea que nuestra boda se realice en su parroquia y desea que la misma se lleve a cabo  en la Iglesia Católica de Las Delicias, la parroquia de mi barrio.  Comprendí entonces que yo no estaba sólo en mi sentimiento y que por el contrario, ella estaba consciente de mis razones y las entendía.  ¿Qué otros motivos podia tener?  Al día de hoy, más de 30 años después, le concedo a ella, Ana Adelaida Rodríguez Pérez, la oportunidad de exponer sus razones para tomar ésta decisión (derecho a réplica).  La invito a que las comparta con ustedes, los lectores de estas memorias. 

Para celebrar la ceremonia en una parroquia que no es la que corresponde, ella y sólo ella, tenía que solicitar un permiso escrito del sacerdote de su parroquia, autorizando a la otra parroquia a celebrar la misma.  Ella así lo hizo y posteriormente me comentó que el Sacerdote de Santa Teresita se había negado en principio a conceder el traslado y fué ante su insistencia que él accedió, evidenciándole su malestar por esa desición.  ¿Cuales fueron sus justificasiones ante el sacerdote?

A pesar de que durante veinte años viví en silencio esa traición, con el tiempo logré encerrar en un rincón oscuro, ese momento maldito, y aunque nunca lo olvidé, logré controlar de forma absoluta las emociones negativas que me provocaba, a cambio de la estabilidad emocional, física, familiar y económica que todos deseamos tener y disfrutar antes de que se desdoblen el cuerpo y el espíritu.  Pero la cápsula que contenía encriptado el veneno radioactivo de su mentira fué nuevamente abierto cuando ella decidió de forma egoista, la conveniencia del divorcio utilizando nuevamente la mentira como arma de destrucción para lograr sus nuevos y diabólicos objetivos. 

La motivación principal de esta Biografía y Memorias no es perdonar su engaño y olvidar el pasado; la motivación es perdonarme a mí mismo el no haber cumplido con mi promesa de cancelar la boda si ella osaba disfrazarse de virgen, como finalmente hizo.  Su pre-potente conducta de Diosa del Olimpo provocó en mí una conducta de Prometeo en busca del fuego perdido. 

Pero veinte años viviendo una mentira tiene sus efectos, la persona se acostumbra a sus propios demonios y termina aceptándolos.  Pero las personas que viven de la mentira viven bajo la Espada de Dámocles (colgando de un hilo sobre su cabeza) porque como expuse anteriormente, la mentira es una forma negativa de resolver conflictos porque sólo los resuelve en apariencia y de forma temporera.  La mentira que dominó mi vida terminó y eso debe ser positivo para mí, pero la realidad a sido otra.  Un noviazgo de mentiras, una boda de mentiras y veinte años de mentiras, sólo podia terminar de una manera: con un divorcio construido de mentiras.  El daño fué mucho e irreparable.  El propósito de estas memorias no es reparar daños, es evidenciar como la mentira es la que mueve nuestras vidas en un mundo en el que siempre triunfará la mentira que mejor convenga al individuo y/o la sociedad, en cada situación. 

Llegó el momento de confrontar  a la mentira con la verdad y a las apariencias con la realidad.  "La verdad nunca llega tarde." (A.V.)

domingo, 8 de septiembre de 2013

El pasado sigue y persigue

La prisa y el apuro son enemigos del triunfo.  Terminaba el año 1982, las dudas me perseguían en silencio, sin ruido, sigilosas, acumulándose.  Pero la verdad era que cuando se ocultaban compartíamos un bonito noviazgo.  Pero todavía yo no pensaba en un noviazgo de compromiso,  ¿porqué hacerlo si me encontraba disfrutando de lo mejor de dos mundos?  Además, las dudas (certezas) no me lo permitían. 

A pocas semanas de cumplir nuestro primer año juntos ya, era parte de su familia, pués Doña Elena y Don Adrian nunca dejaron de preocuparse por mí.  Mis estudios seguían por el camino del éxito y continuábamos compartiendo un noviazgo a distancia entre Ponce y Río Piedras.  Mi grupo de amigos de la bolera se había diluído y ya no tenía amigos del barrio porque toda mi familia se había mudado de Las Delicias a la Urbanización Jardínes del Caribe donde, por estudiar en Río Piedras, nunca tuve la oportunidad de hacer amigos. 

Ya había en Puerto Rico un ambiente navideño y en Ponce esperábamos con ansias las fiestas patronales en honor a la Virgen Nuestra Señora de la Guadalupe, que comenzaba entre la primera y segunda semana del mes de diciembre y tenía una duración de más de una semana.  Esta actividad se realizaba en la Plaza Las Delicias y atraía a miles de personas de todas las edades  y de toda la isla.  La verdad era que en esa época las Fiestas Patronales de Ponce, La Ciuda Señorial, era un gran acontecimiento que la engalanaba.  Varios días antes de ésta fiesta, mi hermano Ramón había regresado a Puerto Rico por haber terminado de cumplir sus años de servicios en el Ejercito de los Estados Unidos y se encontraba nuevamente viviendo en nuestro hogar, el hogar de la familia, ubicado ahora en Jardines del Caribe.  El se encontraba en un proceso de re adaptación, pues se hallaba sin empleo, sin automóvil y sin dinero, pero con una actitud positiva y dispuesto a comenzar nuevamente.  Me atrevo a afirmar que mi hermano Ramón, el que se fué de Puerto Rico hacía más de tres años, y mi hermano Ramón, el que regresó, eran muy distintos el uno del otro. 

A través de todo el año que llevábamos compartiendo como pareja, fueron muchas las ocasiones en las que le contaba a Adeline anécdotas comunes vividas como hermanos entre Ramón y yo y descubrimos que ella tenía una amiga llamada Milagros que varios años atrás había sido novia de él.  Esto le creaba una gran curiosidad por conocerlo.  Mientras tanto, su hermana Maritza continuaba estudiando en la Universidad Católica y recientemente había comenzado una relación de noviazgo con un joven del pueblo de Añasco llamado José y compañero de la universidad.  En mi opinión, esa era más una relación de amistad que de pareja de novios, pués apenas compartían juntos. 

Comenzaron la fiestas.  Todos los días, pero especialmente cada noche, la plaza de recreo se atestaba de visitantes y era inevitable encontrarse viejas amistades (como me ocurrió a mí) o crear otras nuevas (como le ocurrió a Ramón).  Caminando entre la multitud por las fiestas patronales me encontraba disfrutando de las mismas con mi novia.  En esa ocasión, como casi siempre ocurría, nos acompañaba su hermana debido a que su novio José se encontraba en Añasco.  Atravesábamos con dificultad una muralla humana cuando mi sentido auditivo registró en la distancia, entre la música y el bullicio, una voz que en un tono alto mencionaba mi nombre para llamar mi atención.  Al detenerme y buscar en el gentío el origen del llamado, observé a un individuo abriéndose paso entre todos y dirigiéndose hacia nosotros me saluda.  Era Ramón, mi hermano recién llegado desde Texas.  Fué muy agradable para mí que nos encontráramos en ese momento porque me brindaba la oportunidad de que conociera a mi novia al mismo tiempo que le mataba la curiosidad a ella por conocer a quien tanto había escuchado mencionar.  Luego de presentarle a Adeline y a su hermana Maritza, conversamos un poco entre todos.  No tengo noción de cuanto tiempo permanecimos conversando pero independientemente de cuan largo o breve haya sido el encuentro, fué suficiente para cambiar nuestras vidas, la vida de los cuatro, la vida de él, la mía, la de Adeline y la de Maritza.  Nunca he olvidado ese momento de apariencia insignificante pero que realmente re dirigió el rumbo de todos. 

Al día siguiente mi hermano me hizo un comentario en nuestro hogar, que en ese momento también fué insignificante para mí pero no así para él, -Tu cuñada se vé bien-.   Al igual que me ocurrió a mí, a Ramón también le entró el amor por los ojos. 

No poseo recuerdos de los subsiguientes encuentros entre ellos pero yo fuí el puente que los mantuvo en contacto.  Finalmente llegó el momento de actuar por su propia voluntad y una noche, mientras salía de mi hogar para visitar a mi novia, mi hermano me detiene y me dice, -Dile a Maritza que si José  no vá hoy para su casa, que me llame (por teléfono).-  El mensaje fué recibido y muy emocianada ella respondió inmediatamente.  Esa noche tuvieron una larga conversación que hizo obsoleto el puente de mi persona como forma de contacto, construyeron su propio puente, sacaron a José del escenario y comenzaron su propio y romántico noviazgo.  Lamentablemente Doña Elena  no tuvo para él el mismo recibimiento que tuvo para mí en el hogar.  A pesar de eso y de haber transcurrido más de treinta años de ese encuentro, todavía se mantienen unidos. 

Las fiestas patronales de la ciudad continuában en todo su resplandor.  Cada noche la plaza de recreo se quebraba por el peso de tanta gente que allí se aglomeraba creando a muchos el deseo de que nunca terminen.  Siempre que tuve la oportunidad, asistí a ellas  y disfruté cada momento.  Pero el disfrute era diferente cuando asistía con mi novia y cuando asistía sólo.  En presencia de ella todo en mi vida era limitado: las amistades, los saludos, las miradas, lo que bebía, lo que comía, donde iba, lo que hacía, mi apariencia era muy importante para su propio realce y orgullo, y hasta mi vestimenta era supervisada por ella.  Por esa razón muchas veces en nuestra relación, luego de dejarla en su hogar, regresaba en busca de amistades o de algún ambiente que me permitiera ser como mi naturaleza me lo pedía.  Así también lo hice cada noche  regresando a las fiestas patronales luego de dejarla en su hogar como lo exigía su madre para evitar así los comentarios peyorativos que pudieran hacer los vecinos del callejón California, sobre su hija.  Así lo hice una vez más, pero una noche fué diferente, fué un reencuentro con el pasado. 

Regresando a la Plaza Las Delicias luego de dejar a mi novia en su hogar, me encontraba caminando por las fiestas en busca de algún sano entretenimiento amistoso propio de la ocasión.  Luego de dar algunas vueltas caminando, me disponía a abandonar las mismas para dirigirme hacia la Bolera Santa María cuando nuevamente escucho en la distancia una voz que grita mi nombre con evidente propósito de detenerme en el camino.  El propósito es logrado y complementado con la acción de girar mi cabeza hacia el lado izquierdo y observar a un pequeño grupo de personas compartiendo animadamente frente a uno de los kioscos de comidas y bebidas que allí ubicaba.  A pesar de que algunas de estas personas me saludan no logro distinguir sus rostros y procedo a acercarme para tratar de lograr un reconocimiento de los mismos.  Grande fué mi sorpresa.  Recuerdo mi asombro.  Recuerdo como se abrieron mis ojos y como no podia pegar mis labios.  No lo podia creer.  Nuevamente tenía frente a mí los ojos grandes y la sonrisa sincera que me condujeron a mi primer viaje celestial.  Allí estaba con su misma sonrisa, con su mirada inigualable, casi siete años después.  No me buscó, pero me encontró.  Yo no la esperaba, pero llegó, y ambos nos alegramos.  Era Gloria Ayala, mi primer y único amor en la escuela superior.  Con ella se encontraba otro compañero del mismo salón y clase graduada de la Ponce High de nombre José Luis.  Habían mantenido la amistad y el contacto entre ellos y otros estudiantes después de terminar la escuela. 

Contentos con nuestro encuentro coversamos extensamente sobre nosotros y nuestra clase graduada.  El había estudiado estilismo y trabajaba ejerciendo su oficio.  Ella no estaba trabajando y hacía dos años que se había casado pero aún no tenía hijos.  Conversamos el resto de la noche hasta que llegó la hora de comenzar a retirarnos.  Aunque Gloria compartía el hogar con su esposo, permanecía la mayor parte de su tiempo sóla debido a que él trabajaba en otra ciudad distante, no tenían hijos, ella no trabajaba y tampoco tenía automóvil.  Era nuestro deseo continuar conversando y eso facilitó que decidiéramos que yo la llevaría hasta su hogar (Aunque no recuerdo perfectamente, estoy convencido de que la idea no fué mía).  Me explicó que su esposo tenía una posición gerencial que le obligaba a estar fuera de su hogar casi todo el día y regresaba al mismo siempre tarde en la noche.  Camino a su hogar en la Urbanización Santa Teresita, conversamos un poco más y acordamos mantener comunicación intercambiando nuestros números de teléfonos.  Comenzamos entonces a comunicarnos vía telefónica casi todos los días que yo me encontraba en Ponce (En 1982 las llamadas telefónicas de una ciudad a otra eran limitadas y costosas; tampoco existía los teléfonos celulares como los conocemos hoy día).  Estábamos nuevamente conociéndonos, ahora como dos personas adultas con historias para compartir. 

No dejábamos pasar  mucho tiempo sin comunicarnos y poco a poco comenzamos a compartir en algunos encuentros no casuales.  Nunca le negué que yo tenía novia y en sus conversaciones pude percibir que ella tenía dudas de su matrimonio.  Para mi sorpresa, su esposo era un conocido de mi adolescencia en Bella Vista que comenzó a trabajar en el Pueblo Supermarket de La Rambla Shopping Center como bagger (empacador o embolsador) y fué escalando posiciones dentro de la empresa hasta ocupar una posición gerencial.  Como resultado de su ascenso, fué trasladado a la tienda que tenía la empresa en el sector Bairoa de la Ciudad de Caguas.  Se evidenciaba que la distancia entre ellos como matrimonio, además de física, era también emocional.

Actuando como una mujer soltera, Gloria no tenía reparos en solicitarme que pasara por su hogar a buscarla cuando acordábamos salir como amigos y luego regresarla nuevamente.  Nuestro reencuentro no tuvo obstáculos mayores que vencer y que nos impidiera disfrutar de la mutua compañía.  Así pasaron varios meses hasta que nuevamente llegó el momento de tomar diferentes caminos.  Un día, faltando pocas semanas para mi boda, me informa que tiene un atraso en su período menstrual y sospecha la posibilidad de estar embarasada.  Ese día fué el último que la ví, el último día que conversámos, el último día que compartímos.  Ninguno  de los dos hizo contacto nuevamente con el otro, dejando todo atrás como un bonito recuerdo.

Terminaron las Fiestas Patronales, llegó la navidad y se iba el año 1982  Ese mismo año se escuchaba en Puerto Rico y los Estados Unidos, una canción que alcanzó y se mantuvo por mucho tiempo en la posición número uno de la radio musical.  La canción Rapture, de la cantante Blondie, fué un éxito que gustó a todos y las ventas de su disco también fueron un éxito.  El 25 de diciembre de esa navidad, en nuestro intercambio de regalos, recibí de Adeline el cassette musical de Blondie que incluía el gran éxito.  Lo recuerdo perfectamente porque por ser el hit musical del momento lo escuché cientos de veces en mi automóvil cuando me dirigía por la autopista hacia  Río Piedras o Ponce en el cumplimiento del deber.  Este cassette contenía música "Disco" que hacía bailar a cualquiera y a olvidar las penas y los sin sabores de la vida.  Regalar esa música era regular felicidad.  El nuevo estilo musical de Rapture la convirtió en la primera canción considerada rap que fué grabada en video musical.

Lo que se dá no se quita, o el diablo te visita, era un dicho muy utilizado que algunos repetían en situaciones jocosas y otros lo hacían con la seriedad que ameritaba cada situación en particular.  Ese regalo musical que recibí con tanto placer se convirtió en la primera pieza maldecida (maldita, maldicha, los términos son intercambiables) por ella misma que mantuvo viva las llamas del infierno porque no respetó el dicho ... y el diablo la visitó.

domingo, 1 de septiembre de 2013

1 + 1 = 3

Los días pasaron y los meses también.  Nuestro noviazgo se fué asentando, la confianza fué aumentando.  Ante los ojos de nuestras familias éramos una pareja de novios,  pero la realidad fué que en privado, éramos algo más que eso (¿Será de uso correcto la palabra mari-novios?)

Ese año 1982 trajo para mí buena estabilidad: un empleo formal, progreso adacémico, una única pareja, auto nuevo, mis amigos pasaron a un segundo plano y mi vida ya no era desenfrenada.  Pero todavía yo no pensaba que esa sería mi última relación de noviazgo, pues era un amor con condiciones. 

La confianza surgida nos llevó con el tiempo a revelarnos mutuamente algunos secretos familiares y personales, convirtiéndose algunos de ellos en armas ofensivas contra el otro en momentos de grandes diferencias personales.  Algunas historias contadas a medias o adaptadas a conveniencia me obligaban a inferir en su verdadero desarrollo y final (algunas ya han sido expuestas en ésta autobiografía).  Una de esas historias surgió en medio de una conversación sobre los ovnis.  

Otra noche más en la sala de su hogar, nos encontrábamos animadamente conversando.  Esos momentos eran los que me hacían olvidar las situaciones negativas, las inseguridades, los complejos, el pasado, los defectos, etc.  Compartiendo conversaciones mundanas llegamos a un tema que todavía en ese momento me apasionaba porque me consideraba un estudioso de ese asunto.  Era el tema de los platillos voladores, los ovnis y los extraterrestres.  Sintiéndome como uno de "Los Grandes Maestros Iniciados," exponía mis ideas, mis creencias, mis teorías y hacía gala de mis conocimientos adquiridos mayormente a través de la lectura.  Recordaba siempre con orgullo que pertencí al Club de Astronomía de la Ponce High.  También mencionaba algunas anécdotas curiosas vividas por mí.  Pero tanta exibición de conocimientos no sirvió de mucho cuando ella me hizo una pregunta muy importante.  Escuchando con atención mis palabras, aprovecha una pausa y me pregunta si yo he visto alguna vez a un ser extraterrestre.  No había opción, sólo había una respuesta, sólo había una verdad: -No, nunca he visto un estraterrestre.-  Hasta ese momento había afinidad en la conversación y la noche se sentía favorable para nosotros.  Pero mi respuesta debió de haber sido acompañada por su silencio y permitirme continuar con mi pedantería.  Sin embargo, torpemente decidió romper una romántica noche y convertirla en otro momento inolvidable para mí, con suficiente impacto negativo como para encontrarme en este momento escribiéndo estas líneas para justificar mis acciones en su contra y continuar repitiendo que ella era, es y será siempre una maldita mentirosa. 

Interrumpiendo mi ánimo y me deseo de continuar nuestra relación, me dice que en una ocasión ella estuvo presente en la aparición de un ente que aparentaba ser extraterreste.  Expone, nuevamente controlando cada palabra y maquillando los hechos, que una vez, cuando era novia de Alberto, el traficante de drogas, se encontraban conversando solos cuando súbitamente se materializó una extraña aparición que tomó forma humanoide.  Cuenta que ambos se encontraban en un lugar a solas y describe su ubicación cerca de la canalización de los Ríos Portugués y Buchanan y antes de la desembocadura de los mismos.  Continúa diciendo que mientras conversaban, su novio Alberto mira detrás de ella y abriendo repentinamente sus ojos en actitud de asombro, le advierte varias veces que no mire hacia atrás.  El asombro de él se convierte en miedo y tomándola de la mano le grita, -¡Corre, corre!- Así corrieron sin mirar atrás hasta llegar al auto.  Alegando que ella no vió nada, menciona lo que su novio le describió como una nube de burbujas en el aire que bajaban despacio hasta finalmente tomar una extraña forma humana detrás de ella.  A pesar de que yo era un fanático de los ovnis y de los temas esotéricos, mi atención  no estaba centrada en las burbujas o el humanoide.  En ese momento mi atención estaba dirigida al lugar donde se encontraban. 

Pocos lugares en Ponce podían existir en ese momento que yo de alguna manera no haya tenido la aventura de explorar antes de conocerla a ella.  Es por eso que conocía muy bien el lugar donde me informó que ocurrió el suceso.  Ciertamente era un lugar deshabitado.  Consistía en una extensa área boscosa de difícil acceso que comenzaba cerca de la Urbanización Los Caobos, bordeaba linealmente  el canal del Río Portugués, pasaba por detrás de la Urbanización Villa del Carmen, confluían los Ríos Portugués y Buchanan y finalmente desembocaban en el Mar Caribe, específicamente en el area boscosa de mangles cerca de La Guancha.  El acceso en automóvil era sólo por caminos de tierra limitados que obligaba a las personas a dejar el auto y continuar caminando si querían adentrarse en las áreas más boscosas y desoladas.

Hoy día la mayor parte de esos terrenos son propiedad del Hotel Ponce Hilton y su Campo de Golf.  Esta extensa área era tán solitaria que, posteriormente, cuando el hotel se encontraba en construcción, dos personas fueron asesinadas dentro del proyecto y fué al siguiente día que fueron encontrados los cuerpos.  Si el recuerdo no me traiciona, estas personas fueron el ingeniero del proyecto y el guardia de seguridad del mismo. 

Tengo personal y propio conocimiento de que, por las características del área, los jóvenes y todas las personas que acudían a ese lugar tenían sólo dos propósitos en su visita, fumar marihuana y/o tener relaciones sexuales.  Por esa razón nuevamente saltaron a mis pensamientos muchas preguntas y grandes dudas.  ¿Qué realmente hacían ellos allí?  ¿Conversando como dijo?  ¿Sentados en la orilla del río tirando piedritas al agua?  ¿Jugando a las escondidas?  ¿Buscando extraterrestres?  ¿Fumando marihuana?  ¿Teniendo relaciones sexuales?  Sólo las últimas dos son opciones reales (realistas).  Aunque persiste en mi mente la duda de si ella alguna vez probó la marihuana, han sido muchas las decepciones recibidas y una más no sería extraña, más aún considerando que su pareja, más que un consumidor, era un vendedor.  Pero no tengo dudas de que ella sí había probado las relaciones sexuales antes de conocernos.  Admisión de culpa, relevo de prueba.  Si la  virginidad se pierde una sóla vez, ¿qué tenía ella que perder con Alberto?  ¿Reputación?  Tenía que correr el riesgo.  ¿Acaso no fué eso lo que hizo conmigo? 

Me encontraba en una etapa de resignación y aceptación a la idea de ser el segundo hombre en la vida sexual de quien yo idealicé.  Todavía tenía tristeza interna, dolor silencioso, aflicción; pero estos sentimientos no afloraban debido al proceso de asimilación mental por el que me encontraba pasando.  Pero esta nueva duda, de ser el tercero, hacía desaparecer cualquier ilusión que quedara en mi interior.  Esperando escuchar una respuesta que me devuelva alguna ilusion, mi única pregunta fué dirigida con el propósito de saber si ellos se encontraban solos en ese momento y me respondió que su hermana Maritza los había acompañado pero se había quedado en el auto a esperarlos.  Su respuesta me hizo pensar que ella creía que a mis 24 años de edad todavía  yo creía que los bebés eran traídos por la cigüeña desde París y que la Luna era de queso.  Estúpida.  La respuesta ofende el intelecto.  ¿Recuerdan la sentencia del Tribunal Supremo de Puerto Rico?  "Un juzgador no tiene que creer cosas que nadie más crería."  ¿Como demonios pudieron ellos salir solos si me había confesado que su madre no aceptaba que  tuvieran alguna relación llegando al punto de correrlo de la casa?  ¿Acaso también se desviaba de su camino a la universidad para encontrarse con él?  ¿Era ésta una conducta repetitiva con todos sus novios? ¿Era habitual?  ¿Era yo simplemente uno más? ¿Cual será la próxima sorpresa? 

Nuevamente el silencio era mi argumento.  A pesar del impacto de la sorpresa, no le cuestioné sus actos, su pasado, ni sus explicaciones acomodaticias.  Nunca la confronté mientras fuimos novios.  Aunque el silencio me causaba daños, yo sabía que la verdad a medias sería siempre lo que obtendría de ella.  Cuestionarle sería contraproducente porque detendría cualquier posible información futura que pueda fluir y ayudarme a conocer mejor a la mujer que me gustaba.  Necesitaba conocerla más y mejor para ayudarme a mí mismo a también conocerme mejor.  Necesitaba conocer mi propio grado de tolerancia a la mentira y la desilusión. 

jueves, 18 de abril de 2013

Llanto de cocodrilo

"Con llanto de cocodrilo", es una frase que todos hemos escuchado y repetido alguna vez en la vida.  De hecho, lo repetimos en el coro de una canción muy conocida, "...♪♫ Tú me llorarás, con llanto de cocodrilo ♪♫..."  Al repetir ésta frase le insinuámos a otra persona su hipocresía frente a nuestra ausencia o a una situación personal que estemos afrontando.  Pero pocos conocen la profundidad de éstas palabras porque piensan que los cocodrilos no lloran.  El cocodrilo es uno de los animales más prehistóricos que existe sobre la tierra y ha sobrevivido miles de años casi sin evolucionar.  Es tán poco lo que ha evolucionado que su cerebro no se desarrolló y el que posee es tán pequeño como el tamaño de un maní o cacahuate.  Por eso algunas personas dicen que los cocodrilos no tienen cerebro.  Además, éste reptíl anfibio se encuentra en la cima de la cadena alimenticia, lo que significa que ningún ser viviente en el planeta, come o se alimenta de cocodrilos.  Esto ha contribuído a su supervivencia casi sin evolucionar.  Pero lo que puede ser lo más prehistórico o sorprendente de éste saurio es su llanto. 

El cocodrilo es el único animal que llora mientras devora a su presa.  Llora mientras se alimenta para sobrevivir.  Llora mientras asesina a su víctima. 

Después de aquel día no volví a ser el mismo.  Ya no pensaba igual, no la escuchaba igual, no la miraba igual.  Ya mis ojos no veían  a la inocente y angelical joven de diesinueve (19) años que aparentaba poseer todas las virtudes divinas.  Por el contrario, mis ojos comenzaron a mirarla como una mujer y así también comencé a desearla.  Se esfumó la emoción del romance y perdí el miedo.  Mis besos comenzaron a ser más agresivos y mis manos ya no pedían permiso para llegar a donde querían.  Ahora yo también quería de su pecado, yo también quería ser parte de su pasado.  La sala de su hogar y mi auto se convirtieron en nuestro escondite amurallado donde disfrutábamos el sexo furtivo con limitaciones.  Pero yo quería más, yo quería todo. 

La confianza que sus padres, en especial Doña Elena, tenían conmigo y con nuestro noviazgo, se hacía evidente.  Con frecuencia autorizaban que su hija y yo saliéramos sólos en gestiones o actividades específicas de las que ellos tenían  conocimento como lo era llevarla a la universidad en las mañanas los días que yo me encontraba en Ponce.  Un día traicionamos esa confianza.

Había llegado el momento apropiado y sin temores le comuniqué a mi novia mi deseo de tener relaciones sexuales con ella y así se lo propuse.  Mi valentía para hacer la proposición provino de mi convencimiento de que su arrepentimiento anterior, como en el juego de poker, era un "bluff", era fingido, era sólo una manipulación para confundir a los demás jugadores (yo).  En su juego del amor ella había puesto a prueba mi honor, mi fidelidad, mi lealtad.  Había llegado mi turno en el juego y decidí entonces mostrar mis cartas y subir la apuesta.  Mi proposición también fué fingida porque mi convicción de su falso arrepentimiento no me permitiría aceptar un rechazo; no estaba dispuesto a aceptar un no.  Mi apuesta fué "all in" (o todo, o nada).

Conversamos sobre el asunto y (como si no tuviera nada que perder) aceptó el encuentro sexual.  Planificamos entonces el momento, el día y la hora como se planifica un pasadía a la playa.  Esta planificación detallada junto con la realidad de que no había  secretos que descubrir, le restaron toda emoción al encuentro y sólo predominaba en mi mente el deseo físico sexual.  Planificamos el sexo, no el amor. 

Cumpliendo con nuestra cita, pasé por su hogar una mañana temprano para hacerle creer a sus padres que la llevaría a la Universidad Católica a cumplir con sus estudios pero inmediatamente nos dirigimos al Motel Nuevo México.  (Cualquier parecido con las veces que hizo lo mismo con Papo el policía no es coincidencia).  En ruta hacia nuestro acto, ella demostró tener solamente una preocupación, ser vista y reconocida por alguna persona mientras entrába a las facilidades del motel.  Por esa razón hizo su entrada como lo hacen las personas que esconden su verdadera personalidad, inclinando su cabeza y la parte superior de su cuerpo en posición semi acostada.  Una vez dentro de la habitación se hizo evidente sus conocimientos sobre el funcionamiento del servicio en la habitación: entrada del auto, ventanilla de pago, servicio de comida, bebidas y condones,  por teléfono, y otros.  A pesar de eso trató de mantener un comportamiento de inseguridad en cuanto a la decisión de sostener relaciones sexuales provocando mi disgusto y mi insistencia.  Posteriormente pude sentir que su actitud era sólo otra de sus manipulaciones para tratar de controlar la situación.  Esto lo percibí luego de que aceptó nuevamente tener sexo y comenzar ella misma a desnudarse.

Sentí una bellaca emoción al verla forcejeando con su pantalón jean atascado en sus protuberantes caderas mientras trataba de bajarlos por completo.  Sentí mi cuerpo paralizado y mi mente acelerada.  Ya no había posibilidad de arrepentimiento, no había vuelta atrás.  Con agresivos besos y acariciando mutuamente nuestros cuerpos, llegamos desnudos al campo de batalla, al terreno de juego, a la cama.  No había fuente de la juventud, no había premio para repartir, no había vino tinto para celebrar, no había sueños, no había ilusiones, no había amor, pero queríamos estar allí.  Necesitábamos saber que pensaba el uno del otro después de ese día para saber también que futuro tendría nuestro noviazgo.  Tratábamos de exorcisar el pasado.  Pero el pasado existe, nos guste o nó.  El pasado no desaparece.  El pasado se adhiere a las personas como el humo a las paredes. 

El pasado es humo, dijo alguien una vez, y es posible que esté en lo cierto.  Pero hasta el humo deja huellas.  El humo es el efecto de una causa.  Es el resultado de una acción que se manifiesta en una anarquía de moléculas dispersas en todas direcciones.  En un lugar abierto y un ambiente apropiado, estas moléculas anárquicas se expanden, se interrelacionan con otras moléculas y eventualmente adquieren otras caraterísticas que hacen aparentar que desaparecieron, pero la realidad es que se transformaron y se organizaron.  Se hicieron invisibles para el ojo humano, pero no desaparecieron; están en algún lugar.  Sin embargo, en un ambiente cerrado o limitado estas moléculas no logran su invisibilidad porque permanecen unidas como sombra en un espacio confinado dejando huellas de lo que una vez ocurrió.  Es por eso que los arqueólogos lo primero que buscan al explorar las nuevas cavernas descubiertas, son rastros o evidencias de humo adheridas a sus paredes y techos.  Lo hacen para conocer el pasado y entender mejor el presente.  Humanamente, necesitamos entender el pasado para enfrentar mejor el futuro.  Así mismo, si en una relación de pareja la comunicación es abierta, el pasado se transforma y se hace invisible.  Pero si la comunicación es limitada y mantiene oculta situaciones que deben ser compartidas, el pasado, como el humo, adquirirá un color sombrío adherido a la persona y provocará dudas sobre la pureza de la relación.  Una pareja que miente no respeta la relación y no está tan comprometida como nos gustaría pensar. 

Su belleza física desnuda era espectacular: su piel blanca como las nubes, sus senos todavía infantíles, anchas caderas, pubis rojiso, muslos carnosos, con piernas y tobillos que parecían dos grandes columnas que sostenían ese monumento de mujer.  Su perfección física, ante mis ojos, no me permitía pensar en la posibilidad de finalizar nuestro noviazgo después de disfrutar su cuerpo, por el contrario, estaba convencido de que se repetiría ... y así fué.

En nuestra sociedad, la mayoría de los psicólogos, psiquiatras, sexólogos y otros profesionales de la conducta, coinciden en la opinion, basados en estudios, de que, con excepción del uso de la violencia, son las mujeres las que realmente controlan el sexo.  Mientras la mayoría de los hombres se vanaglorian con sus conquistas y comentan con sus amigos detalles de sus actividades sexuales con algunas mujeres, lo cierto es que sin la autorización y el consentimiento de ellas, ningún hombre logrará nunca entrar en su cuerpo.  Conscientes de ese poder, algunas mujeres lo utilizan premeditadamente a su favor para mantener a un hombre tán cerca y  tán lejos como ellas quieran, como a ellas personalmente les convenga.  El ejemplo más común de ésto es cuando una mujer decide embarazarse  para obligar a un hombre a mantenerse a su lado.  Otros ejemplos son la prostitución,  la bartender que sirve a sus clientes mostrando los atributos de su cuerpo,  También la empleada que mejora sus condiciones compartiendo con el jefe, o la cantante que se casa con un productor de música, y cientos de ejemplos más de los que estoy seguro que cada lector puede aportar algunos. 

Si bién fué cierto que disfruté de su sexo, también fué cierto que su comportamiento fué más para complacerme a mí que a ella misma.  Existió un vacío entre carne y carne.  No hubo conexión emocional.  El sexo era su carnada y yo mordía el anzuelo.  Era el cebo en la trampa, el azucar en el café.

Casi inmediatamente que terminó el primer acto de nuestra obra teatral, con nuestros cuerpos húmedos de sudor, palpitaciones aceleradas y respiración jadeante, fuí sacudido de la cama por un explosivo llanto que interrumpió súbitamente el placer que circulaba por mi cuerpo.  Momentáneamente confundido, la observé llorando y como reacción lógica le pregunté el motivo.  Al no recibir respuesta inmediata y continuar llorando, insistí casi con ruegos que me dijera el motivo de su llanto y fué en ese momento que percibí que era otra de sus manipulaciones.  Su llanto era histriónico, era el segundo acto de su obra teatral de ese día.  Tengo borrosas sus palabras en mi memoria pero recuerdo muy bien el espíritu de su mensaje.  Sin detener su llanto me dice que no debió hacerlo, que no debió aceptar, que no debió estar allí conmigo; trató de mostrarme su arrepentimiento.  Pero como era tarde para arrepentirse, mis falsas palabras de consuelo trataron de aliviar el falso dolor de su pecado.  Le mentí haciéndole creer que creía en su mentira.  El que peca y reza, empata.  Su arrepentimiento era falso, sin embargo el llanto era cierto.  Pero era el llanto del cocodrilo que terminaba de deborar a su presa, a su victim, ..., a mí.

Compartimos juntos varias horas, pués sus padres la suponían en la universidad.  El tiempo fué suficiente para conocernos mejor y descubrir algunos secretos que se ocultaban en el lado oscuro de la luna.  Nos inventamos pecados nuevos.  Parecíamos dos atletas olímpicos practicando nuestros deportes favoritos, gimnasia y esgrima.  No hubo lugar en nuestros cuerpos que no sintieran nuestro contacto mutuo.  Mi única confusión era entender como una joven mujer de 19 años que no aprendió a correr bicicleta o patines, nunca había ido a la playa o a la bolera y que no realizó muchas de las actividades que se realizan en una juventud saludable, sabía tanto de sexo.  ¿Leyendo?  ¿Practicando?  ¿Compartiendo información?  ¿Educación sexual?  A esa edad ella conocía perfectamente el método anticonceptivo natural del ritmo, sabía con anticipada exactitud los días que ovulaba, los días que tendría su menstruación y los días que podia tener relaciones sexuales completas sin riesgos de embarazo.  Esto nos permitió ese día y por los próximos meses, sostener relaciones sin protección y sin riesgos de embarazo y me provocó una duda mayor, ¿desde cuando conocía ella el método del ritmo?  ¿Desde los 15 años?

Después de pasar varias horas compartiendo y disfrutando nuestros cuerpos, decidimos que era tiempo de regresar a su hogar aparentando que llegaba de la universidad.  El recuerdo que conservo en mi memoria al regresar ese día, por alguna razón me impactó más que todo lo ocurrido en el Motel Nuevo Mexico esa mañana.  Llegando a la sala de su hogar encontrámos a su padre Don Adrian sentado en el comedor en su momento del almuerzo.  Al verlo, Adeline se dirige donde él, se sienta a su lado y lo besa en su mejilla izquierda mientras lo saluda.  No pongo en duda el amor que ella sentía hacia su padre, pués ciertamente Don Adrian era un hombre bueno, pero esa muestra de cariño retrató en mi siquis un momento de infamia comparado con el beso de Judas en la Biblia.  Un beso sin honra que turbo mi ánimo.  Un beso sucio que manchó la dignidad.  Sólo puedo describir mi sentimiento de ese momento con una palabra, traición.  Aunque ese día terminó, faltaba un acto más para cerrar nuestra obra teatral del día. 

Al día siguiente fuí a visitarla como de costumbre y nuevamente, como en ocasiones anteriores, me recibe con una actitud negativa que también nuevamente me obliga a hacerle delicadas monadas para ganarme su gracia.  Luego de preguntarle qué le estaba pasando, me dirige una pregunta de forma directa: -¿Que vas a hacer ahora que conseguistes lo que buscabas? -  Yo no podia creer lo que estaba escuchando, "...¿lo que yo buscaba?"  Era otra más de sus manipulaciones.  Era el acto final de su obra teatral que yo titularía "¿Donde está la Virgen?"  Esa maestra del sexo me asignó en la obra de su vida el papel de villano; se lo quitó a Papo el policía para entregármelo a mí.  Estaba transfiriéndome la responsabilidad de cargar con la culpa por la ausencia de su virginidad.  Yo debía responder de alguna manera si quería continuar con nuestro noviazgo o finalizarlo en ese momento porque "ya había encontrado lo que buscaba".  Mi amor por su mentira.  Pensé que si respondía con la opción de continuar, me forzaba a aceptar también la ausencia de su virginidad como si yo fuera el responsable.  Todavía yo saboreába en mi boca la sal de su cuerpo, de sus fluídos, imposible no querer más.  Esa miel fué la que me endulzó.  Si aceptaba continuar nuestro noviazgo, aceptaba también vivir en la mentira.  Finalmente, poco a poco, utilizando palabras neutrales, fuí respondiendo su pregunta sin decir mucho y casi justificando su conducta presente y pasada, aceptándo así continuar con nuestro noviazgo; pero mi vision del futuro cambió.

domingo, 10 de febrero de 2013

Amor desdoblado

Nunca he tenido dudas de que al ver por primera vez aquella hermosa joven en el autobús me enamoré, me enamoré de lo que ví, el amor me entró por los ojos.  Pero el amor siempre debe crecer, expandirse, dominar todos nuestros sentidos, acciones y pensamientos a favor de ese ser que deseamos tener a nuestro lado.  Un amor que no crece, un amor estancado pasará por muchas pruebas de Fé.  Un amor dividido, un amor desdoblado, no posee la escencia de su propio significado. 

Aquella noche de abril mi amor se partió en dos.  Una parte se quedó con ella a través de los sentidos, vista, tacto, gusto, olfato y audio (amor físico), y la otra parte se quedó conmigo en las ruinas de mi orgullo (amor emocional).  Fué como ver que la hermosa joven de la que me enamoré moría súbitamente y otro ser tomaba posesión de su hermoso cuerpo.  La confusión me atacó por muchos días, no sabía que pensar, no sabía como actuar.  Ninguno de los dos hablaba sobre lo ocurrido aquella noche, nadie preguntaba, nadie explicaba.  Mi comportamiento hacia ella no cambió para no forzarla a darme explicaciones,  pero dentro de mí yo las quería, yo las necesitaba.  La admiración que sentía por ella se había desboronado pero esa era la mujer que me gustaba, la que yo quería para mí, la que me ilusionó, la que me hizo soñar, la que respeté.  Necesitaba saber que había pasado antes pero no quería preguntar, no me atrevía hacerlo.  Así pasaron varios días hasta que en otro momento, sentados en la sala de su hogar compartiedo y mirando la televisión una noche de claros pensamientos en los que la duda no tenía cabida en en mente, conversábamos animadamente.  Con la natural sinceridad que siempre había caracterizado  mis palabras, pero en esta ocasión rayando en la ignorancia, poco a poco la conversación comenzó a girar en torno a mi pasado.  Yo nunca le había hecho daño a nadie y dentro de mis círculos sociales nuestras conductas eran aceptadas como de jóvenes comunes y nada o nadie era forzado(da) , por lo que nunca me avergonzaba de mis conductas pasadas.  No sentía temor de hablar en relación a ese tema como tampoco lo tuvo Bill Clinton cuando, mientras era Presidente de los Estados Unidos, admitió públicamente que fumó marihuana en su juventud.   Además, yo estaba convencido de que ella tenía conocimiento de mis conductas a través de su amiga Madeline quien a su vez tenía un hermano que también era "amigo de fechorías".  Sincerándome hasta la torpeza, le confesé que hasta el pasado cercano yo fumaba marihuana.  No tuve temor a ésta confesión porque ya mi vida había tomado otro rumbo y aquello era un pasado que no se repetiría.  Mi vida estaba enfocada en mis estudios universitarios, en mi trabajo como guardia penal y en ella.  Todo lo demás era circunstancial.  También, por la totalidad del ambiente en el que ella había vivido toda su vida, pensé que no tendría dificultades en entenderme.  Pero todavía yo no comprendía que su naturaleza era diferente a la mía.  Las apariencias y las mentiras formaban parte integral de su personalidad. 

Un estudio realizado en la Universidad de Southampton en el Reino Unido, estableció que una persona normal dice, en promedio, tres mentiras en una conversación de diez minutos, sin contar las omisiones y las exageraciones.  Pienso que en ese sentido ella no era una persona normal porque  ella había hecho de la mentira una condición para vivir.  Así yo la percibía casi diariamente en nuestras sencillas y rutinarias conversaciones.  Cuando me decía que algo no le gustaba la realidad era que nunca lo había tenido o no lo había tratado.  Cuando me decía que le gustaba limpiar su casa todos los sábados antes de salir de su hogar, la realidad era que su madre la obligaba a hacerlo así.  Cuando decía que le gustaba lavar los platos inmediatamente que terminaba de comer, la realidad era que su madre la regañaba si no la hacía.  No asistía regularmente a la universidad a pesar de que salía todos los días de su hogar con ese propósito e inclusive yo mismo la llevé en muchas ocasiones (de ésto tuve conocimiento mucho tiempo después y se abundará más adelante).  Frente a mi familia mimetizaba sus gustos a los de ellos para ser aceptada socialmente.  Ella siempre fué la protagonista de su propia fábula La zorra y las uvas.  Existía entre nosotros un mar de diferencias que yo pensaba que podíamos superar encontrando un estrecho que nos uniera, el estrecho de la verdad. 

Ante mi confesión, su reacción fué pasiva, casi sumisa.  No hubo sorpresa.  Con una extraña seriedad se limitó a bajar la cabeza y escuchar.  Aparentaba estar más atenta a sus propios pensamientos que a mis palabras.  Aunque yo no sentía arrepentimiento, su expresión me alertó de que algo no estaba bien.  Con la seriedad que ameritaba la situación terminé mi exposición y temeroso de recibir su rechazo me limité a esperar. 

Tan pronto escuché sus palabras percibí que en su silencio lo que hacía era preparando un contra golpe.  Fué como si pensara que esta era la oportunidad que ella estaba esperando para concluir algo que tenía pendiente de hacer.  Con una evidente falsa indignación, levantando su cabeza pero sin mirarme a los ojos, sus palabras fueron,  "Ya que tú me estas diciendo eso, yo también tengo algo que decirte".  Entonces el silencio fué mío. 

Las preguntas que me surgieron en la mente fueron: ¿Si tenía algo que decirme, porqué no lo había hecho antes?  ¿Porqué una confesión por otra confesión?  ¿Que relación tenía, si alguna, lo que ella me diría con lo que yo le dije?  ¿Me dirá que también fuma marihuana?  ¿Que la vendía?  ¿Estaba aplicando ella la Ley del Talión?  ¿Y si yo no hubiera hecho nunca mi confesión, tampoco lo hubiera hecho ella?  ¿Que sentido de responsabilidad y naturalidad tienen sus palabras (confesión) cuando comienza diciendo "Ya que tú me estas diciendo eso, ..."  ¿Significa que si yo no hablo primero, ella nunca lo hubiera hecho tampoco?

Las preguntas se acumulaban en mi mente.  Cada nueva pregunta generaba una nueva duda.  Si es cierto que una persona normal dice tres mentiras en diez minutos, ¿cuantas puede decir una persona que posee la habilidad del mimetismo?  Si las personas mienten por omisión, ¿cuantas omisiones puede cometer una persona con amnesia selectiva? 

La naturalidad de la conversación se perdió, ya no fluían las palabras, surgían poco a poco de manera forzada desde sus labios; con la cabeza arriba pero la mirada abajo.  Cada palabra era cuidadosamente pensada.  Mi silencio fué absoluto. 

Todo tiene tres versiones: la tuya, la mía, y la verdadera.   Sus palabras parecían la explicación de unos hechos anteriormente cuestionados, algo que yo no había hecho.  Recuerdo con exactitud su expresión, su actitud, su tristeza (falsa).  También recuerdo mi propia tristeza y mi desilución.  Sentí que ese no era el momento apropiado para "explicar" y que ella traía ese tema "arrastrado por los pelos". 

Resaltando su inocencia de juventud, me dice que cuando contaba con quince (15) años de edad y se encontraba estudiando en la Escuela Superior Dr. Pila, un día había salido de la misma más temprano de lo acostumbrado y se proponía dirigirse hacia su hogar caminando como lo hacía diariamente.  Pero en esa ocasión sin ella esperarlo, su novio Papo, el policía, había ido a buscarla para llevarla hasta su hogar.  Aceptando el transporte se sube al auto y se dirigen a su hogar en la Calle California.  En el trayecto, él le informa que tiene que ir a ver a alguien (mencionó a un familiar conocido por ella) que se encontraba en el pueblo de Villaba.  En esa época, por la distancia de ese pueblo y las condiciones de la carretera, el tiempo para llegar al mismo era de más de una hora y tiempo igual para el regreso.  Inmediatamente él le pide que lo acompañe asegurándole que regresarán pronto; ella aceptó.  Declarándose víctima por ignorante, contiúa diciendo que mientras se dirigían hacia Villaba, Papo decide entrar a un motel y la convence para pasar al interior de una de las habitaciones.  Una vez dentro, él le pide tener relaciones sexuales y ella se niega.  Insistente, él le informa que de allí ellos no salen hasta que  hayan tenido relaciones sexuales, pero que ella no tenía que preocuparse, recordándole que algún día se casarían.  Contó que accedió a tener relaciones sexuales con Papo ese día, y continuó diciéndome,  "...Después de ese día, ocurrió dos veces más."

En un caso resuelto por el Tribunal Supremo de Puerto Rico, el Honorable Tribunal estableció claramente que "Un juzgador no tiene que creer cosas que nadie más crería".  Esa maldita mujer estaba nuevamente poniendo a prueba mi estupidez.  No tengo la menor duda de que ella, Ana Adelaida Rodríguez Pérez,  fué víctima de violación sexual siendo una menor de edad.  Ese hecho es condenable por la sociedad y por las leyes.  Yo igualmente lo condeno.  Pero también condeno la mentira.  En su história sólo había una verdad, que había tenido sexo con Papo, el policía.  Todo lo demás: cómo, cuándo, dónde, porqué, cuantas y cuantos, era mentira.  Sólo estaba tratando de justificar la ausencia de su virginidad dramatizándolo y adornándolo con situaciones moldeadas a su conveniencia personal y fingiendo que desconocía que yo había descubierto la verdad con mis manos.  Estaba quitándose la máscara, pero se estaba poniendo otra igualmente falsa.  Se transformó de víctima a victimaria, de presa herida, a cazadora furtiva.  Ahora la presa era yo; la víctima era yo.

¿Porqué doral la píldora?  ¿Porqué tapar con frosty la mierda?  ¿Cual era el propósito oculto?  ¿Porqué involucrarme en su pasado dándome detalles (falsos), nombres y circunstancias?  ¿Porqué tratar de minimizar mi reacción?  ¿Porqué insistir en poner a prueba mi estupidez?  ¿Cual era el propósito a largo plazo?  ¿Porqué no mejor acusarlo a él de violación? (El delito no había prescrito).  ¿Acaso a pesar de su falta de capacidad legal para consentir, estaba ella disfrutando lo que hacían? 

Mi silencio ante sus palabras fué distinto al de ella cuando escuchaba las mías.  Mi silencio era un grito que se atascaba en mi garganta y se escapaba húmedamente por mis ojos.

No recuerdo mis palabras luego de escucharla, pero ante su alegado arrepentimiento sólo pude decir lo que ella quería escuchar.  Mis falsas palabras de consuelo tenían el propósito de contrarestar sus también falsas emociones.  Finalmente salieron de mi boca las palabras que pusieron fin a la conversación, le dije que la perdonaba.  Pero el efecto fué contraproducente.  Escondimos el polvo debajo de la alfombra.  Con su exposición sólo logró infectar la herida que ella misma me había causado.  El amor que sentía por ella se transformó nuevamente, no volvió a ser el mismo.  Su maquillado lenguaje, su manipulación y su por mí percibido falso arrepentimiento, causaron un efecto desorientador porque me dí cuenta que realmente yo no la conocía.  Pero el efecto más inmediato fué perder la admiración que sentía por ella.  Sin admiración no puede haber amor.  Teníamos que comenzar de nuevo.  Había que generar un nuevo punto de admiración para comenzar o permanecer en un amor desdoblado. 

El perdón sólo sirve para hacer sentir bien a la persona que lo necesita.  No basta pedir perdón.  No basta expresar arrepentimiento.  Hay que aceptar con humildad los errores cometidos.  Hacernos responsables por nuestros propios errores es un proceso largo que no se resuelve con una confesión y una expresión de arrepentimiento.  Tiene que fluir el sentimiento con nuestra naturaleza propia y alcanzar al ser divino que vive en nuestros cuerpos.  Tiene que haber voluntad de cambios.  No se puede repetir errores.  No se puede tropezar de nuevo con la misma piedra y con el mismo pié.  Tiene que haber credibilidad. 

jueves, 3 de enero de 2013

Una grieta en su pasado

Nuestra primera salida solos fué un momento que sirvió como una ventana en la que pude observar muchas cosas que no hubiera podido ver desde otro ángulo.  Una ventana es una abertura que se deja en una pared para que a través de ella pueda pasar el aire y la luz.  Funciona también para observar el exterior, para comunicarnos y para visualizar el futuro.  Si a través de la ventana observamos que en el cielo hay nubes negras, podemos sospechar la posibilidad de lluvia y prepararnos para el futuro recogiendo los artículos del exterior que no deseamos que reciban el insípido, incoloro e inodoro líquido.  Una ventana se construye con planificación y propósito, es una decisión que voluntariamente se pone en función. 

¿Qué es una grieta?  ¿Cumple una grieta la misma función que una ventana?  ¿Es planificada?  ¿Tiene propósito?  ¿Se puede ver el futuro a través de una grieta? 

Una grieta es una quiebra, una hendidura, una resquebrajadura.  Las grietas normalmente surgen como consecuencia del deteríoro a través del tiempo.  Pero también una grieta puede surgir como consecuencia de deficiencias en el proceso de construcción.  Una mala planificación o improvisación puede resultar en una grieta que tal vez pocos puedan observar y que de no ser reparada a tiempo puede convertir una bonita construcción en un lugar inseguro y peligroso, dependiendo de como se maneje cada situación en particular.  Llevando las situaciones a los extremos, una grieta puede no tener ninguna consecuencia si se maneja correctamente o, puede provocar un colapso total de lo construido, si el manejo es inadecuado.  A través de una ventana se puede ver el futuro, mientras que una grieta es reflejo del pasado. 

La personalidad de los individuos se construye usando como base, adicional al factor genético, a la familia y la sociedad, y subsiguientemente la educación y la religión, entre otros elementos.  La suma total de todos los factores que interactúan crea un conjunto de características que distinguen a una persona de otra.  Así se construye la personalidad.  Como cualquier construcción, si uno de los elementos básicos es deficiente, el producto final pudiera también tener deficiencias que con el tiempo pueden causar grietas y éstas pudieran no ser observadas a tiempo para su corrección y finalmente colapsar.

Desde los tiempos de estudiante de escuela intermedia y superior, siempre asistí a las Justas Atléticas Escolares que se celebraban en Ponce.  Como estudiante universitario no podía hacer menos.  Las Justas Atléticas Inter Universitarias se celebraban siempre en San Juan y yo comencé a asistir a ellas desde antes de trasladarme a estudiar a esa ciudad.  Año tras año disfrutaba de ésta actividad con mi grupo de amigos y compañeros.  Pero las justas de 1982 fueron para mí diferentes; no asistí a ellas con mis amigos de siempre; no las disfruté como siempre.  Ese año asistí con un entusiasmo diferente y con una persona diferente, mi novia.  En mi deseo de que Adeline se interese por mis actividades y entorno social de la misma manera que yo lo estaba haciendo con ella, la invité a que asistiéramos a las justas atléticas de ese año que se celebraban como de costumbre en el Estadio Sixto Escobar, en el área de El Escambrón, en San Juan.  Por el hecho de que sólo llevábamos cuatro meses y medio de novios, para lograr la autorización de sus padres tuvimos que convencerlos a través de una estricta coordinación  que incluía  ida, estadía, tiempo y regreso.  Aunque yo tenía mi hospedaje en Río Piedras, nunca hablamos ella y yo, ni siquiera de la posibilidad de pernoctar juntos en el mismo, ni en ningún otro lugar; ese no era el propósito.

La hermana menor de Doña Elena se había establecido en Río Piedras desde hacía muchos años y allí nacieron sus dos hijas, primas de Adeline.  Esta tía falleció pocoa años antes de que mi novia y yo nos conociéramos.  Estas primas, luego de la muerte de su madre, comenzaron a tener un estilo de vida descontrolado y alejadas de la familia.  Fueron varias las ocasiones en que mi novia me comentó que sus primas hacían uso de drogas, eran pocos femeninas ("machúas") y vivían en un mundo de prostitución y lesbianismo.  Sin embargo estas primas fueron para ella el mejor argumento o subterfugio para convencer a su madre de que la autorice a asistir a las justas universitarias y quedarse a dormir una noche en San Juan (el viejo truco), en la Urbanización Reparto Metropolitano.  Hice los arreglos necesarios en mi trabajo como guardia penal para poder viajar a Ponce, compartir en las justas y regresar a Ponce al día siguiente.  Las justas atléticas tienen una duración de dos días, comenzando siempre un viernes del mes de abril, pero es el segundo día, sábado, el que atrae a la mayor cantidad de personas.  Pero las diferentes actividades estudiantiles tienen una duración total de tres días cosecutivos, convirtiendo al domingo en el mejor día de actividades fuera del estadio de competencias.  Nuestro propósito era disfrutar de las justas deportivas el sábado y de las actividades estudiantiles el domingo.  Sin embargo, por necesidad del servicio, no pude ausentarme a mi trabajo ese domingo en un turno de 2:00 pm a 10:00 pm.  Esto dificultó un poco el viaje de regreso a Ponce con relación al horario y limitó nuestro disfrute de las actividades.  Pero el sábado pudimos compartir, según lo planificado, un bonito día y una romántica noche.  Ese día asistimos al Estadio Sixto Escobar y fuimos parte de los miles de jóvenes que presenciaron las competencias.  Recuerdo que aunque me sentía contento con mi compañera, extrañaba los agradables gritos y discusiones amistosas de mi grupo de amigos y aunque me encontré de causalidad con algunos de ellos, la presencia de mi novia creaba un ambiente que no nos motivaba a mantener la acostumbrada camaradería y cohesión.  Luego, en la noche salimos a caminar como la mayoría de los estudiantes por la Avenida Ashford en el área de El Condado en Santurce.  Caminando y conversando, visitamos brevemente algunos hoteles del área y nos sentamos frente al mar a observarlo en la noche.  Finalmente la invité a comer y fuimos al muy conocido pero ya desaparecido Restaurant-Pizzería Las Nereidas.  Esa noche la recordé como una en la que sentí que el amor llegó a mi vida para quedarse.  Que lejos estaba de la realidad.  El amor no había llegado para quedarse, veinticuatro horas después se escapó por una grieta. 

Cumpliendo con lo acordado, adelantada la noche nos dirigimos al hogar de sus primas en Reparto Metropolitano, terminando el día igual que como transcurrió, bonito y romántico.  El día siguiente, domingo, compartimos brevemente en la mañana y acordamos que tan pronto termine mi turno de trabajo a las 10:00 pm pasaría a buscarla para salir inmediatamente de regreso a Ponce y cumplir con la promesa a sus padres.  Yo tenía la opción de permanecer en Ponce esa noche, dormir en mi hogar y regresar en la mañana siguiente a Río Piedras debido a que nuevamente comenzaba a trabajar a las 2:00 pm.  Muy puntual salí a las 10:00 de la noche a buscarla e inmediatamente nos dirigimos a nuestra cuidad.  El romanticismo del día anterior nos acompañó en el viaje de regreso.  Me sentía bien a su lado y ella daba evidentes muestras de sentirse igual.  Conversando en el auto por el Expreso Las Américas nos acomodamos muy juntitos, pegaditos y acurrucados, mientras yo posaba mi brazo derecho sobre ella para sentir su presencia.  El calor de nuestros cuerpos comenzó a arroparnos.  Mientras por la autopista subíamos rápidamente hacia las cimas de las montañas de Puerto Rico, nuestros cuerpos y mentes subían con la misma velocidad hacia otra cumbre, hacia otro extremo. 

El diablo empuja, decíamos en mi adolescencia, en Bella Vista, cuando sentíamos temor de acercarnos demasiado al peligro; significando con esto la tentación que se siente de lanzarse al vacío cuando alguien se detiene a observar un precipicio desde el borde del abismo. 

Desde la planificación para asistir a las justas, hasta el momento mismo del regreso, no tuve nunca pensamientos impuros con mi orgullosamente joven, linda, angelical y virginal Venus, Diosa del Amor y la Belleza.  Mi sinceridad y respeto hacia ella siempre fué mi motivación, pués mi sentimiento era de un amor sin pecado.  Pero de repente me encontré parado en el borde del abismo observando la profundidad y sintiendo la tentación de una caída libre.  ¿Como no sentirla si en ese momento todo parecía que el mundo se había reducido a sólo tres habitantes?, ella, yo y el demonio.

Mientras continuábamos hacia nuestro destino conversábamos y mostrábamos mutuamente nuestro amor a través de los besos y las caricias.  El calor interno del cuerpo se comenzó a sentir en la piel.  Las palabras dejaron de escucharse y comenzamos a comunicarnos con nuestros cuerpos.  Mi brazo en su hombro comenzó a moverse suavemente por el  tronco de su cuerpo palpándolo lentamente mientras sus manos reciprocaban la acción sobre mis piernas.  La fricción de nuestras manos con nuestros cuerpos era muestra de que el demonio nos susurraba al oído que nos lanzáramos al vacío.  Yo sentía la presencia del ángel rebelde en mi cuerpo entumecido.  Mutuamente nuestras manos recorrían los cuerpos aumentando nuestro deseo de sentir directamente el contacto de nuestra piel removiendo todo obstáculo textil que lo impedía.  Mi pantalón se hizo pequeño por la alta frecuencia que exigía espacio y libertad de movimiento para buscar un escape y descargar la presión que provocaban nuestras caricias eróticas. 

Mis ansias sexuales y su permisiva conductividad, unido a mi temor de descontrolar el auto a una velocidad de más de 50 m.p.h. me motivaron a detener el mismo a la orilla de la autopista para buscar la válvula del demonio, que continuába susurrándome al oído.

Inmediatamente que me estacioné ella comenzó a pedirme de forma exaltada que continuara la ruta sin detenerme recordándome que teníamos un compromiso con sus padres.  Pero la razón y el deseo se habían desdoblado de mi cuerpo, confundido con palabras y actuaciones contradictorias.  Estaba consciente de los riesgos de estacionarme a la orilla de la carretera, pero también estaba consciente de los peligros de continuar conduciendo en estado de excitación progresiva.  Más aún considerando que nuestras manifestaciones de deseo sexual habían llegado al punto de no retorno. 

Sin detener nuestras caricias, ella insistía en continuar la ruta mientras yo insistía en permanecer estacionados.  Finalmente acepté continuar nuestro camino proponiéndole sólo uno o dos minutos de placer.  No fué difícil para ella aceptar.  Como niño pequeño emocionado en el día de Los Reyes Magos, mis manos comenzaron a soltar rápidamente los lazos y abrir la envoltura que contenía los regalos con el que cada niño sueña.  Deslizándo mis manos desde sus pechos descubiertos me dirigí hacia el Monte de Venus en busca del regalo de los dioses.  Por temor a lo desconocido, jugué lentamente con mis dedos deslizándolos suavemente mientras bajaban hacia su interior para palpar el regalo divino.  Con la más excitante emoción nunca antes sentida, mis manos comenzaron a buscar en la oscuridad de su interior el divino tesoro del que estaba seguro que sólo yo podía encontrar.  Entré en su cuerpo, caminé en su interior, busqué el tesoro, mi regalo, pero no lo encontré.  No estaba.  No existía.  No existía para mí.  Ya no estaba.  Otro se lo había llevado.  No lo podía creer, no era justo.  Ese era mi regalo.  ¿Quién se lo llevó?  ¿Quién me lo robó?  ¿Quién me engañó?  ¿Quién me mintió?  ¿Me engañé a mí mismo?  ¿Que diabólico ser pudo hacerle daño a mi diosa del amor?  ¿Era yo en ese momento un ser diabólico?  ¿O acaso el ser diabólico era ella?  Muchas preguntas, mucha confusión en mi ser y un sólo pensamiento: "¡Ooh noo, está rota, está rota, noo!"  Pensaba yo en la jerga coloquial que utilizábamos los jóvenes y las jóvenes de esa época.  "¡No es virgen, no es señorita, no puede ser, noo, noo."  Pero ... la evidencia estaba en mis manos, era palpable, irrefutable, incustionable, indubitable.  No hubo resistencia, no hubo quejidos, no hubo dolor.  Sólo hubo placer manifestado en su cuerpo contoneándose sobre el asiento reclinado de mi auto. 

Estaba confundido, aturdido por lo que estaba sintiendo, pero encontrándome en el punto de no retorno, detenerme tampoco era opción; el diablo tomó control.  Mientras ella sentía directamente el contacto de mi piel en su rosado interior, mi pantalón quería explotar causándome dolor en mi virilidad.  Perdí el temor a lo desconocido debido a que, no hay nada nuevo debajo de las sábanas  y decidí soltar también las ataduras que mantenían inmóvil y confinado a mi órgano sexual convertido en un incómodo cilindro macizo.  Soltando la correa y los broches que me oprimían, procedí a abrir mi pantalón y liberar el miembro hasta quedar expuesto y accesible, pués yo también quería sentir de forma directa el contacto en mi piel interior; y así fué. 

Deslizando su mano por mis zonas eróticas buscó y encontró mi virilidad para masajearlo y acariciarlo con el mismo éxtasis con el que yo lo recibía y que hacía desaparecer en mí cualquier otro sentimento.  Por la rapidéz con que ocurrian los hechos todo era confusión; mis sentidos se volvieron hipersensibles.  ... y agarrándolo fijamente en sus manos como si temiera que se escape, Adeline comenzó con una estimulación manual que me provocaba un doloroso placer que yo me negaba a detener.  Sentía que era imposible que pudiera existir en ese mundo reducido a sólo tres habitantes, más placer que el que yo estaba sintiendo en ese momento.  Nuevamente me equivoqué, lo mejor estaba por venir.  Inclinándose sobre mi cuerpo alternó la estimulación manual con estimulación oral, sin requerimiento; libre y voluntariamente.  "¡Nooo, esto no puede ser, no puede ser!"  Fué el efímero pensamiento que llegó a mi mente de forma repentina y que se desvaneció con la misma rapidez ante el intenso e infinito placer que mi cuerpo sentía.  Creo que si la muerte me hubiera sorprendido en ese momento de infinito placer, hubiera caído al suelo fulminantemente con una petrificada sonrisa placentera en mi boca que hubiera evitado a los médicos forenses realizar autopsia alguna; la evidencia estaba en mi rostro.  El que por su gusto muere, que el infierno le sepa a gloria. 

Estupefacto, no podía creer lo que estaba viviendo, mi bella y juvenil princesa rosada cuyas aparentes virtudes me atrajeron con hipnotísmo, estaba haciendo realidad mis fantasías de adolescente.  Sorprendido por sus destrezas, perdí el control de la situación permitiendo que ella disfrutara de mi cuerpo a su gusto y manera, sin obstáculos que la limiten.  El doloroso placer que me causaba su acto de felación me hacía sentir que no existía el tiempo ni el espacio, el cielo o el infierno.  Hasta el demonio ya se había retirado complacido y sólo quedábamos en el mundo ella y yo, entregados por completo al pecado sexual.

Fuí sorprendido por la muerte chiquita cuando la esencia de mi cuerpo se desprendió de mi ser ... silencio, silencio absoluto.  Sólo se escuchaba en la distancia las diabólicas carcajadas del demonio en retirada.  Culminada la actividad y habiéndose enfriado el infierno, mi dolorido cuerpo comenzó a relajarse mientras ella nuevamente tomaba postura.  Cerrando rápidamente todas las envolturas, tomamos nuevamente la carretera y continuámos hacia nuestro destino.  Recuperando de nuevo la noción del tiempo, pude observar que sólo había transcurrido unos pocos minutos desde que comenzámos la exploración de nuestros cuerpos.  El tiempo estaba a nuestro favor. 

El resto del camino lo recorrimos conversándo tranquilamente varios temas, pero ninguno de los dos dijo una sóla palabra en relación a lo que acababa de acontecer, como si nada hubiera ocurrido.  Pero la realidad era que yo me encontraba desorientado, desorbitado, verdaderamente afectado en mi siquis.

De regreso en su hogar, en el tiempo apropiado, sentí que le estaba devolviendo a Doña Elena y Don Adrián, una persona diferente a la que ellos me confiaron.  Ellos me entregaron una hermosa, inocente y frágil joven de diesinueve años, pero como si la máquina del tiempo hubiera hecho su parte, yo les regresé una mujer que ocultaba en su lindo rostro una vida llena de experiencias y secretos. 

Por la extraña sensación que sentía, opté por regresar a Río Piedras esa misma noche y deteniéndome en todos los negocios disponibles desde Ponce hasta SanJuan, contaminé mi sangre con todo el alcohol que mi cuerpo pudo resistir.  Mi único deseo era que terminara esa noche, que llegara un nuevo amanecer trayendo claridad a mi vida.

Había construído un mundo perfecto alrededor de ella, la mujer ideal, la relación perfecta.  Pero encontré una grieta que me creó inseguridad.  Había que reconstruir.  Como pareja estábamos obligados a evitar daños a nuestra relación si deseábamos realmente solidificar la misma.  Pero esto sólo se logra mezclando las palabras y las acciones que construyan una base firme y sólida capáz de evitar un colapso total de lo construído.  Luego, sólo resta esperar.  El tiempo y yo somos dos, lo que no logro yo, lo logra el tiempo. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Como un idiota

Desde comienzos de nuestra relación, le había pedido a Adeline que se trasladara a estudiar a Río Piedras.  Esta petición la hice por el entusiasmo que sentía con ésta nueva relación.  Quería estar cerca de ella más tiempo y me había ofrecido a ayudarla en todo.  Pero ella siempre se negó por la única razón de que su madre no se lo permitiría.  Comprendiendo que los motivos que se lo impedían eran reales, no insistí.  Pero un día repentinamente cambió de opinión y reaccioné como cabrón confundido. 

Otro día de alegría porque nuevamente compartiría con mi novia, la llamé por teléfono para notificarle que ya me encontraba en Ponce.  En esa ocasión la encontré en un estado de agitación y estimulación que se reflejaba en su tono de voz.  Obviando el saludo me manifiesta que fuera temprano a visitarla porque tenía algo muy importante que decirme.  Curioso y preocupado llegué temprano al callejón California.  Ya en su hogar salió al balcón con una expresión en su rostro de mucha seriedad y molestia (expresiones faciales de manipulación inherentes a su personalidad).  Nos sentamos en los sillones del balcón y comienza a contarme una historia dramatizándola como víctima y tratando de crear suspenso, con un final felíz que me haría saltar de la alegría. 

Tuvimos una larga conversación de la que sólo recuerdo los puntos sobresalientes; por eso la simplificaré.  Comienza recordándome que ella me había dicho que tenía pendiente de finalizar una conversación con su anterior novio Alberto.  Me dice que su madre nunca le aceptó ese noviazgo y ningún tipo de relación con ese individuo.  En una ocasión él la visitó en su hogar y mientras conversaban sentados en el balcón, Doña Elena salió y lo sacó de la casa con violencia verbal y prohibiéndole a ella cualquier relación con ese reconocido narcotraficante.  Por la dificultad que tenían de mantener su noviazgo, al menos públicamente, terminaron la relación pero dejando pendiente un tema de conversación.  Ese día, antes de yo llegar a Ponce, su ex novio la llamó por teléfono y conversaron largamente el maldito tema que tenían pendiente y que nunca supe cual era.  La conversación fué suficientemente extensa como para que su  madre se percatara con quien era que su hija conversaba y con mucha molestia, Doña Elena interrumpe la conversación telefónica y armándole un escándalo la obliga a colgar el teléfono recordándole que le había prohibido cualquier contacto con ese mafioso.  La reacción de mi novia fué de coraje, provocándole sentimientos de hastío hacia su madre. 

Mientras mi novia Adeline me contaba esta situación, resaltándose como víctima inocente de una mala e incomprensiva madre, por mi mente pasaban muchos pensamientos que me confundían.  Pero fué la decisión que ella tomó la que me hizo sentir como si me lanzaran contra el suelo. 

Dramatizando con pausas y suspenso todo lo que me decía, sólo faltaba el repique de tambores cuando me dijo al final que, cansada de su madre, había tomado la decisión de {tambores y trompetas: ♪♫ tán tán tán tán tán tán ♪♫} irse a estudiar a Río Piedras.  Completamente idiotizado con lo que estaba escuchando, quedé mudo mirándola fijamente a los ojos mientras ella esperaba alguna reacción de alegría de mi parte.  Mi cuerpo quedó inmóvil tratando de asimilar toda la situación.  Mis palabras de reacción no las recuerdo pero no fueron contradictorias a ella.  Sin mostrar emociones, acepté su decisión y le dije que la ayudaría.  El impacto que me causó escuchar esa historia y desenlace fué opacado por una revuelta de pensamientos negativos que invadieron mi siquis.  No supe que decir, no supe que hacer, sólo fingí que aceptaba su decisión.  Pero poco a poco se hizo evidente mi inconformidad y varios días después, en el proceso, me informó que desistía del traslado por varias razones, entre ellas porque según sus propias palabras, - ... no te emocionastes cuando te lo dije -.

¿QUE CARAJO? ¿Esperaba ella que yo saltara y bailara de felicidad porque había decidido estar más cerca de mí debido a que su madre no le permitía estar más cerca de su ex?  ¿Me vió la cara de idiota? ¿De imbécil?  Pues sí lo fuí, porque nunca le confronté esa decisión con la realidad.  Pero ese momento mi hizo abrir los ojos por primera vez y comencé a pensar en ella de otra manera, a mirarla con otros ojos.  Me había equivocado y temía reconocerlo.  Dichoso el que nunca espera nada, pués jamás será decepcionado. 

Esa diosa de belleza hechizera se convirtió en la única mujer en mi vida fuera de mi familia.  Yo no tenía amigas, ni siquiera en la universidad; como guardia penal trabajaba sólo entre hombres; mis amistades de la bolera eran todos varones; mis amistades del barrio eran todos conocidos por ella, pués Madeline la mantenía informada.  Mi tiempo se consumía entre mis estudios, mi trabajo y mi novia. 

A pesar de la desilución que sentí en nuestro primer beso, el tiempo hizo que me acostumbrara a su veneno y hasta le tomé cariño a mis propios demonios: me gustaba presumir de ella entre mi familia y amistades; me gustaba cuando salíamos a compartir en actividades elegantes porque físicamente armonizábamos como pareja y nos gustaba que así lo reconocieran los observadores; el encanto que reflejábamos contagiaba el ambiente.  Yo le cubría perfectamente las apariencias que ella necesitaba cubrir.  Algunos estudios han demostrado que las mujeres parecen descifrar si un hombre es un buen complemento genético pensando que en el futuro eso sería bueno para sus hijos(as).  Pienso entonces que es posible que, conciente o inconcientemente, ésta haya sido una de las razones complementarias por la que aceptó ser mi novia.  Por mi apariencia personal, por mi ambición de estudios y mi arriesgado empleo en una agencia de seguridad del gobierno, yo resaltaba su imagen en un barrio donde todos la miraban con ojos diferentes, miradas de desprecio y chismorreo callejero que yo no comprendía.  Pueblo pequeño, campana grande (en los barrios todo se sabe). 

Pero como leona territorial, ella siempre imponía sus gustos y estilos, aniquilaba los míos y controlaba mis emociones.  De esa misma forma imponía sus amistades y limitaba las mías. 

Mi familia siempre socializaba en actividades dentro y fuera del hogar con vecinos, amigos y familiares.  Esto fué para mí y mis hermanos una conducta aprendida.  Visitar destintas playas o balnearios era una de las actividades familiares que realizábamos con relativa frecuencia.  Esto se convirtió en un gusto personal que luego disfruté con mis amistades y más tarde en mi vida traté de disfrutar también con mi novia.  Pero Adeline era distinta, diferente, opuesta, antípoda de mi naturaleza social.  Ella nunca había visitado una playa (la Ciudad de Ponce no poseía playas recreativas) o balneario, de la misma forma que nunca aprendió a correr bicicleta o patines, nunca asistió a sus graduaciones escolares, nunca había visitado un cine, la bolera, el río, el campo, etc.  Aprovechando esta situación y la oportunidad de que su madre en ocasiones le concedía permiso para que saliéramos juntos, comenzamos a compartir en grupo algunas de mis actividades favoritas.  Mientras para ella estas eran nuevas actividades que disfrutaba, para mí el disfrute estaba directamente relacionadoal de ella.  En la medida que Adeline tuviera mayor o menor control de cada situación, así también de mayor o menor era la forma en que ella disfrutaba las actividades y por defecto, el mío propio.  Con manipulación mediática a través de actitudes negativas, lograba que yo cediera a sus gustos y deseos para evitar así discusiones que afectaban el buen compartir.  Nuestra primera salida a la playa fué el más evidente ejemplo de estas acciones. 

Habíamos acordado ir a la playa y organizamos un pequeño grupo para compartir en Playa Santa, Guánica.  El grupo incluía a su hermana y su mejor amiga Madeline.  Mientras nos organizábamos, ella decidió llevar un radio portátil para escuchar música en la actividad.  Sin embargo se percató de que el mismo no tenía instaladas las debidas baterías para su funcionamiento y tampoco las tenía disponibles.  Ante esta situación le pedí que llevara el radio y en el transcurso del camino me detendría a comprar las mismas.  Así lo hicimos; mientras nos dirigíamos hacia la playa, nos detuvimos y comprámos (compré) refrigerios, cervezas, bocados y las correspondientes baterías para el radio musical.  Al continuar nuestra ruta, ella instala las baterías, enciende el radio y comienza a sintonizar las distintas emisoras radiales musicales que nos entretendrían mientras conversábamos y continuábamos nuestra ruta ya que mi auto no poseía radio instalado.  Al verificar las estaciones musicales comenzamos todos a opinar cual era la mejor para escuchar.  Opinando sobre la variedad le sugerí que sintonizara una estación específica que yo consideraba que era la mejor opción.  Argumentando entre todos las distintas opciones disponibles, el intercambio de opiniones se tornó un poco acalorado cuando ella se sintió en minoria de opinión.  Esto me provocó ser más insistente y tomando el radio me dispuse a localizar una estación cuando repentinamente Adeline me lo arrebata bruscamente mientras con actitud olimpica grita, - El RADIO ES MIO -.  De repente, dentro del auto hubo un silencio sepulcral que duró sólo algunos segundos pero suficiente para  que se escucharan los gritos del infierno.  No hubo más discusión, no más argumentos, no más opiniones.  Todos escuchamos la música que ella decidió, en la emisora que ella decidió, conversamos otros temas y no se habló más de ese asunto.  Muchos pensamientos cruzaron por mi mente tan rápido que no pude procesar ninguno para articularlo y expresarlo claramente sin ofenderla.  Se hizo evidente su carácter y personalidad controladora, impositiva, posesiva.  "El radio es mío" fueron palabras que nunca pude borrar de mi memoria porque ésta actitud se repitió cientos de veces a través de los años, haciendo que muchas memorias se fueran acumulando en mi ser.  "El radio es mío" fueron palabras cargadas de egoísmo, arrogancia, control, posesión, individualismo, fueron palabras que donotaban poder olímpico, poder supremo, poder de los dioses, poder judicial, poder arbitrario.  Estos espejismos de poder le impidieron ver lo que todos los demás pudimos observar en ese momento. 

El que hecha el vellón, escoge la música.  Uno de los pensamientos que llegó a mi mente fué arrastrame al mismo bajo nivel de ignorancia en el que ella se encontraba y con su misma actitud individualista responder: El radió es tuyo, pero las baterías son mías.  También pensé arrastrame con ella al más bajo nivel de soberbia y con la misma actitud olímpica responder: El auto es mío, y aquí se hace lo que yo diga o te bajas y caminas.  Otros pensamientos peyorativos taladraron mi mente, pero no afloró ninguno en mi boca; no pude bajar a su nivel de ignorancia y egoísmo infantil. 

Su única aportación a la actividad fué un radio sin baterías y una actitud egocéntrica.  Así también transcurrió su vida en nuestra relación de más de veinte años; dando poco,  ó nada, ó sobras, pero exigiendo pleitesía.